¡Por fin acaba esta pesadilla de curso!

El curso está a punto de terminar. Estoy convencida de que tengo más ganas de que acabe que mi príncipe. Ha sido un año duro. La vuelta, por fin, al mercado laboral, el intento de aclimatarnos a la nueva vida… Ha sido nuestro Everest particular.

Para mi príncipe todo ha sido nuevo. Por primera vez en su vida mamá no estaba en la puerta del colegio a la hora de la salida. Se ha pasado el curso esperándome en la biblioteca para, de lunes a jueves, ir a su pedagoga y una vez a la semana doblete con la psicóloga. “Los viernes, por favor mamá, déjame los viernes libres para vaguear”. Por supuesto, porque los fines de semana han sido para estudiar y repasar todo lo aprendido en clase durante la semana.

A este ritmo debería tener unas notas de escándalo, pero no… Mi príncipe es TDAH y disléxico así que con este sobre esfuerzo lo único que ha conseguido es ir aprobando evaluación tras evaluación. Todo menos matemáticas que como él dice: “Mamá no he sacado más de un 1,75 en ninguna ficha (examen en su colegio), voy a repetir otra vez”. Ese ha sido su fantasma durante todo el año.

Mi príncipe no está convencido de que el tema del esfuerzo sea lo importante, los amigos empiezan a pesar más que yo. Ley de vida

Él sabe que yo no le pido notas, que valoro su esfuerzo y con eso me basta, pero cuando a sus compañeros les prometen un juego de la Play si sacan un 9 o les amenazan con un castigo si bajan del 7 en una ficha, mi príncipe no está muy convencido de que el tema del esfuerzo sea lo importante. Ya empiezan a pesar más ellos que yo. Ley de vida.

El mes de mayo está a punto de terminar y con él la peor de mis pesadillas. He revivido lo que era estudiar con un calorazo insoportable y la angustia de no llegar lo suficientemente preparada. En este caso, saber que está preparado, pero que no va a ser capaz de compartir todo lo que sabe. Por las razones que ya sabéis todos los que convivís con el TDAH.

El último bofetón sin manos que se ha llevado ha sido en Ciencias Sociales. Tenían ficha, un día sí y otro no. Así durante dos semanas. No tengo que explicar que estos niños no pueden estudiar el día antes del examen (para mi son exámenes) porque no les serviría para nada. Así que empezamos a estudiar la Prehistoria, los Celtas, los Iberos, los Fenicios, los Griegos y la romanización de la península, 10 días antes de la fecha. Un poco cada día. Una vez asimilados los conceptos, estuvimos en el Museo Arqueológico de Madrid repasando la Prehistoria con un audioguía, visitamos a la Dama de Elche y a los restos romanos que duermen entre sus paredes. Estaba entusiasmado, los dos disfrutamos muchísimo.

Llegó el examen y mi príncipe se hizo un lío porque por lo visto una parte de éste fue con preguntas de verdadero y falso.

.- “¿Mamá los que vinieron a la Península por los Pirineos fueron los Iberos?”

.- “No hijo no, esos eran navegantes y se instalaron en la costa del Mediterráneo, los que vinieron por los Pirineos fueron los Celtas”.

.- “Pues otra que he fallado, mamá. Porque me han preguntado el nombre de dos hispanos romanos y tampoco me he acordado”.

Pues nada, como dice José Ramón Gamo en todas sus conferencias sobre el TDAH, “se debió aturullar en la primera pregunta y como no saben calcular el tiempo, llega el estrés y con él, el bloqueo. Estos niños tienen un coste de esfuerzo muy alto para un nivel de resultado bajísimo, gracias al sistema educativo (lo dice claramente en el vídeo justo cuando se cumple una hora de la charla. 1.00.09).

Se lo sabía, lo sé. Cuando le dieron la nota, un 4,7, salió llorando. No hizo falta que lo dijera, ya lo pensé yo: “Tanto esfuerzo para esto”.

Como dice su pedagoga, me quedo con que mi príncipe ha aprendido para no olvidar y sus compañeros, los que han contestado como loros, al día siguiente ya lo habrán olvidado. Por eso tenemos los resultados que tenemos en el informe Pisa.

Sólo pido una cosa, ahora que se suponen que los políticos se encuentran trabajando en una nueva Ley de Educación, desearía que no perdieran el norte con tonterías y escuchen a los que saben, a profesores como César Bona, a especialistas como José Ramón Gamo, como Isabel Orjales, en definitiva a todos y cada uno de los que de verdad saben, a los que viven el día a día con los alumnos y llegan con la mente abierta, a aquellos que saben de la importancia de la neurodidáctica.

Ahora que los políticos se encuentran trabajando en una nueva Ley de Educación, desearía que no perdieran el norte con tonterías y escucharan a los que saben

“Las clases magistrales llevan a los niños a nivel down down, es decir a desconectar. Las tareas repetitivas provocan una desconexión involuntaria del cerebro. Para tener a los alumnos en el nivel up up es necesario despertar la curiosidad, la motivación y mantener cierta actividad aeróbica. Una cosa que entra a través de la motivación y de la emoción no se olvida”. Gamo dixit.

Como dije en las jornadas de la Fundación Adana, donde el pasado 11 de marzo participé con mi testimonio como madre de un TDAH: “Aprender es emoción, los maestros debéis emocionar a los alumnos”. Es lo único que les pido. Siempre la misma cantinela, estamos en función del maestro que les toca. No es tanta la importancia del colegio como la del maestro.

Hoy, me siento muy triste, muy decepcionada. Si yo estoy así, me pregunto como se sentirá mi príncipe. No tengo argumentos para defender al colegio.

Acoso escolar, el veneno del silencio

Hace tiempo que quiero hablar del acoso, pero es un tema tan atroz que siempre encontraba una excusa para no enfrentarme a la hoja en blanco. Han pasado cinco meses desde la última vez que me senté frente al ordenador. Fue mi entrevista a Paula la que me iluminó el camino. Mi querida adolescente con TDAH me contaba lo que había sufrido en la primaria, sólo por ser diferente. Fue víctima de bullying. A mi Paula, la primaria le ha costado muchas lágrimas. Insultos y malos tratos, que muchas veces pasan desapercibidos entre los profesores y convirtieron sus recreos en un infierno. Ella no quiere hablar de eso. Si le preguntas, pasa de refilón y enseguida añade, ahora estoy bien. “Si ellos no quieren nada conmigo ellos se lo pierden”. Demoledor.

Todos necesitamos relacionarnos y estas líneas destilan cierto regusto amargo envuelto con un gran lazo de tristeza. Paula me dio la clave. Sus palabras me dolían como me duelen las de mi príncipe cuando llora porque se sabe diferente y siente que le marcan por ello. No, él no ha sufrido bullying. O por lo menos eso creo. Porque como dice el doctor Soutullo no se llega a situaciones como las del niño de Fuenlabrada que se suicidó porque ya no podía más, o terminas postrada en la cama de un hospital como la niña de Palma de un día para otro. Estos niños han sufrido un proceso de vejaciones que les hace sentir culpables y que callan por vergüenza. El día que un niño agredido habla, si es que llega ese día, es porque ya no puede más. Su vida es un infierno y ya no sabe qué hacer con ella. El problema (y ya sé que va a sonar políticamente incorrecto) es que lo colegios ante un caso de acoso procuran tapar, que no se haga mucho ruido vaya a ser que salgan en las noticias. La Comunidad de Madrid (es la que yo conozco) tiene establecido un protocolo. Cada vez hay más información, sí. No creo que esto sea algo nuevo. Los niños son muy crueles, es cierto. Es nuestra responsabilidad educarles en la diversidad. Y es por ahí por donde se escapan todos los tiros.

El 14 de octubre se cumplió un año del suicido de Diego. El pequeño se tiró por la ventana de un quinto piso porque ya no podía más. Tuvo la sangre fría de dejar una carta. “Papá, mamá espero que algún día podáis odiarme un poquito menos ( …) Yo no aguanto ir al cole y no hay otra manera de no ir”. Pese a la misiva del niño y al testimonio de varios padres que aseguraron que había problemas de acoso en el colegio, la Policía descartó que se tratara de un caso de bullying y la juez de Instrucción 1 de Leganés se dispone a archivar la causa. La madre no se rindió y siguió peleando. ¿Por qué la Fiscalía de Menores archiva la mayoría de estos casos? Ahí lo dejo. Ahora no soy periodista, soy madre y por eso dejo la pregunta en el aire. Lo he dicho mil veces, los planes educativos se basan en cumplir o no cumplir objetivos. Si llegas pasas, si no llegas te quedas. Tratamos a los niños como una masa y premiamos la igualdad no la equidad. ¿Qué les estamos enseñando? Pues eso, que todos somos iguales y el desigual, el rarito, el empollón, el que le cuesta… ese las pasa canutas. Lo simplifico. La mayoría de los niños en el patio juegan al fútbol, si a uno no le gusta el fútbol, ¿qué? Ese es el friki e inmediatamente se queda con el sanbenito y tiene todas las papeletas para ser víctima de bullying.

Desde el punto de vista de un adulto, puede parecer una tontería, pero para un niño de primaria es lo más parecido al infierno. Nosotros lo vemos normal. Si mi príncipe no tiene grandes problemas es porque, en su día, claudicó. Ahora su mayor problema es que le acusan de ser un manta con el balón y que cada vez que intenta entrar a jugar al Clash Royal, en una comunidad on line que han creado algunos de su clase, siempre hay alguno que le echa. Yo le quito importancia, pero él lleva contadas las veces que le han echado y… son más de 20. ¡Cosas de niños! O no.

Una escena de ‘Mi pequeño pony’.

¿Cómo luchar contra el bullying? Yo no tengo la barita mágica, pero sí veo cuantas veces los colegios vuelven la vista atrás y no dan importancia a esas pequeñas puntas de lanza que son el caldo de cultivo del acoso. Como os podréis imaginar, soy miembro de multitud de comunidades de padres de niños con TDAH, incluso de adultos con TDAH, y cada vez que se publica un tema de acoso en los medios, las páginas se llenan de ejemplos, de lágrimas de impotencia y de rabia. Cuántas veces he leído que los padres de un niño acosado han intentado hablar con el colegio y no han obtenido respuesta. Innumerables. Lo siento si esto le duele a alguien, pero es un hecho. Lo sé, estamos hablando de niños especiales, con pocas habilidades sociales, con trastornos desafiantes y cientos de cormobilidades más que vienen de la mano del TDAH. Pero es así. Luego nos lamentamos cuando leemos el suicido de alguno y vemos la imagen de una niña en la cama de un hospital. ¿Qué no hemos hecho para llegar a esto?

Obras de teatro como Mi pequeño pony, basada en las historia de Michael Morones (un niño de 11 años con TDAH que intentó suicidarse porque en el colegio le hacía la vida imposible únicamente porque le gustaban los dibujos animados y llevaba una mochila con su personaje favorito), programas como el de Ana Pastor y, por qué no decirlo, la cámara oculta del Proyecto Bullying, presentado por Jesús Vázquez, no hacen más que poner el dedo en la llaga. Sí, incluyo el programa de Jesús Vázquez porque, aunque prohibido, yo tuve la oportunidad de ver un capítulo y la reacción de los niños al verse en la imágenes es absolutamente demoledora. No es lo mismo acosar o callar cuando ves un maltrato que verte grabado. Los que saben de esto sostienen que funciona tanto como los anuncios de accidentes de la DGT, aseguran que ese no es el camino, que crea más problemas de los que soluciona. Yo sólo puedo decir lo que vi. A unos niños consentidores, que guardaban silencio ante las vejaciones y al verse grabados se sentían tan avergonzados que no sabían cómo perdón.

Método KiVa

No debe ser mal método ese de ir contra el consentidor y me explico. Finlandia, referente educativo para toda Europa, ahora se está convirtiendo también en el espejo en el que se mira el continente para poner freno al acoso escolar. KiVa, acrónimo de Kiusaamista Vastaan (contra el acoso escolar), es un programa cuidado hasta el detalle con el que el país nórdico está logrando frenar el acoso y el ciberbullying en sus aulas. Implantado ya en el 90% de los colegios de educación básica su éxito ha resultado tan arrollador que contar, o no, con este proyecto ya es un requisito que muchos profesores y alumnos tienen en cuenta a la hora de elegir y valorar un centro educativo donde trabajar o estudiar.

A diferencia de otros modelos que se centran exclusivamente en la víctima y el acosador, KiVa intenta cambiar las normas que rigen el grupo. Dentro del grupo están los otros, esas personas que no acosan, los que observan, los testigos que se ríen. A través de esa comunicación no verbal transmiten el mensaje de que lo que pasa es divertido o está bien, aunque tengan una opinión diferente. No hay que cambiar la actitud de la víctima, para que sea más extrovertida o menos tímida, sino influir en los testigos. Si se consigue que no participen en el acoso, cambia la actitud del acosador. El objetivo es concienciar de lo importante de las acciones del grupo, empatizar, defender y apoyar a la víctima.

Los estudiantes reciben una veintena de clases a los 7, 10 y 13 años para reconocer las distintas formas de acoso y mejorar la convivencia. Hay 10 lecciones y trabajos que se realizan durante todo el curso académico sobre el respeto a los demás, la empatía etcétera. Cuentan con material de apoyo: manuales para el profesor, videojuegos, un entono virtual, reuniones y charlas con los padres. En el estudio contra el acoso, detectaron que muchas víctimas no contaban su caso. Así que añadieron un buzón virtual. De esta forma, pueden denunciar si son víctimas o testigos y nadie lo sabe. Además, KiVa establece que los vigilantes del recreo usen chalecos reflectantes para aumentar su visibilidad y para recordar a los alumnos que su tarea es ser responsables de la seguridad de todos.

  • A los que el texto les suene, sólo decir que la he repetido porque me han hackeado el blog y me han borrado entradas.