¡Pobre de mí!

Hoy es el cumpleaños de mi príncipe. Parece mentira, han pasado nueve años desde aquella mañana de viernes en la que le vi la cara por primera vez. Siempre he pensado que soy un pelín descerebrada porque, al contrario de las madres primerizas, nunca tuve miedo, nunca pensé en la responsabilidad que me caía encima con su llegada. Recuerdo aquellos primeros meses con felicidad, calma y paz, mucha paz. Cuando oigo a las madres hablar de los primeros días de vida de sus hijos no me reconozco en ellas. Nunca tuve miedo, me guié por los dictados de mi corazón. No lo he dejado llorar en la cuna, ha dormido conmigo y dejó la lactancia cuando a él le pareció oportuno. No encuentro palabras para describir tanta armonía, tanta calma, tanta quietud.
En mi soledad, al rememorar aquellos días, siempre me hago la misma pregunta: ¿Cuándo cambio todo? Los que me siguen ya saben que mi príncipe es un ser especial, sensible, cariñoso y risueño en cuya alma vive un volcán que puede entrar en erupción si las cosas no le salen como él espera. Entonces pierde los papeles. Aunque con terapia y ayuda cada vez ocurre con menos frecuencia, poco a poco va aprendiendo a reconocer los síntomas de la erupción, pero cuando el magma y la lava dicen de salir, aquello es incontrolable.
Hoy es su cumpleaños, con todo el dolor de mi corazón esta mañana no se ha encontrado ningún paquete que abrir (gracias a una de sus explosiones volcánicas tiene que pagar los desperfectos del coche y podría sumar los gastos de arreglo del Ipad al que hace un para de días le dio un puñetazo cuando jugaba al FIFA 2015, si yo sé porque no me gusta el fútbol).
Está pagando su deuda con trabajos comunitarios como tender la lavadora, poner, recoger la mesa y meter la vajilla en el lavaplatos. No puedo evitar sentir cierta tristeza, me veo obligada a luchar con mis sentimientos y volver a escuchar a mi corazón: ‘Tiene que ser así, no sucumbas en la tentación de comprarle la nave de Star Wars que quiere’.
También me pidió que le hiciera galletas (de Star Wars, por supuesto) porque las quería llevar al campamento. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, acepté con la condición de que él tenía que participar en la elaboración. No había contado con esta ola de calor que invade Madrid por tercera semana consecutiva. Quise rajarme, pero al ver su carita de decepción no pude negarme y ayer pasamos la tarde noche (empezamos a las nueve) cocidos por la ola de calor a la que le sumamos el ‘fresquito’ que emana del horno cuando lo enciendes. Verdadero amor de madre.
No sabría como explicar lo que fue, pero me acordé, entre otros, de los panaderos del mundo que viven entre fogones.
Esta mañana mi príncipe se ha ido feliz con su caja de galletas y su traje de San Fermín, mi pequeño madrileño navarrico se ha levantado conmigo para ver los encierros y como todos los días ambos nos hemos lamentado por no estar allí en la semana más grande del mundo, pero la obligación es antes que la devoción y este año no podemos dejar de trabajar la lectoescritura. Sigue siendo su pesadilla y por ende la mía.
Hoy, cuando a las 12 entonemos el ‘Pobre de mí’, le haré una promesa: el año que viene estaremos allí los dos, él con su pañuelo de Caravinagre y yo con el mío ue está que se rompe, porque es el que me regaló hace 25 años una familia que pasó por mi vida y fue muy especial para mí (si ellos lo leen sabrán quienes son).
A pesar de todo, no puedo evitar sentir cierta desazón, supongo que es esta sociedad de consumo que nos lleva a querer comprar cosas que no necesitamos con dinero que casi no tenemos. Como si de un ángel se tratara, esta mañana he leído ‘Propina o flores’, el último post de José Iribas, mi ‘padrino cibernetico’ y todos los malos pensamientos que flotaban por mi cabeza han desaparecido, como él bien dice, los gestos de cariño son importantes… Díselo con obras además de con palabras. Podría añadir, las obras y las palabras no cuestan dinero.

2 Thoughts.

  1. Hola. Yo tengo un tdah de 14 años. No le quites su cumpleaños. Según mi experiencia aunque tu pequeño estuviese castigado de por vida seguirá teniendo sus impulsos.
    Estoy de acuerdo contigo en lo de que sus actos tengan consecuencias, pero con los años te darás cuenta que no lo pueden evitar y se sienten mal después de las explosiónes, mi hijo por lo menos así lo transmite.
    Creo que él sufrirá sin su nave, un cumpleaños es algo muy especial, y aunque no lo celebrase en 3 años seguirá dando puñetazos, rompiendo cosas y con sus contestaciones inexplicables.
    Yo le preguntaría si podemos llegar a un acuerdo y cambiar ese castigo por otro, y que él colabore a la hora de elegir la consecuencia.
    Es lo que a mi me está funcionando mejor.
    Gracias por leerme, un saludo.

    • Hola Vero, la verdad es que no le he quitado el cumpleaños, le he quitado el regalo material. Se levantó feliz y llevó las galletas a su campamento, le invité a comer en su restaurante favorito y por la tarde quedamos con sus cuatro mejores amigos para estar en la piscina y cenar en el Mac Donalds, yo creo que no se lo he quitado, pero ya sabes esta sociedad de consumo les mete todo por los ojos y no me gusta que le de importancia a las cosas materiales. Pasamos un día estupendo, lo único que el dinero de mi regalo se resta de la deuda que tiene por rayar el coche y el resto lo está pagando con trabajos comunitarios. Sé que les cuesta mucho controlar el impulso, pero poco a poco, si es capaz de reconocer a su volcán como le llamamos en casa antes de que entre en erupción puede frenarlo, de hecho cada vez lo controla mejor. Me siento muy orgullosa por eso. Esto de pagar con trabajo lo estropeado lo hicimos los dos por consenso. Tengo que conseguir que lo controle, tiene de quien sacarlo (esto es genético) y ha sido un infierno convivir con él. No quiero que le pase lo mismo a mi hijo. Menudo rollo te he metido para que me entiendas. Gracias por darme tu tiempo. Un beso grande.

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