¡Bendita rutina!

Bendita rutina. He estado una semana de vacaciones con mi príncipe en la playa y he vuelto peor que me fui. No he desaparecido, no, pero ganas no me han faltado. Ahora que acaba el curso y cuando todas las familias (las que pueden) están planeando qué hacer en vacaciones, dónde ir, a la playa o a la montaña, hotel de pulserita o viaje cultural, para una madre con un niño con TDAH las vacaciones son lo más cercano a una pesadilla.
No lo digo porque no sepa lo que voy a hacer con mi príncipe, que no es el caso, tengo todo el tiempo del mundo formando parte de los más de cuatro millones de parados, no, mi hijo no me molesta, es más, a priori me encanta que esté de vacaciones.
Siempre que planifico el verano pienso que vamos a pasar momentos inolvidables, me acuerdo de nuestras conversaciones nocturnas, de sus confesiones y espero que los días de descanso multipliquen esos momentos por 10, pero… eso nunca pasa. Siempre me doy de bruces con la cruda realidad. Estos niños necesitan rutinas, necesitan saber de antemano que es lo que viene después, para poder prever el futuro y cuando esto no pasa inevitablemente surge el caos. Es la transformación del Doctor Jekyll a Mr Hyde.  Esa personita dulce y cariñosa saca de su interior a una especie de monstruo maleducado que creías olvidado.
Sí, mi príncipe también tiene un pequeño monstruo en su interior que hacía tiempo que no salía. Mamá pensaba que la impulsividad propia de estos niños estaba siendo domada, y es así, pero únicamente lo estábamos consiguiendo gracias a la rutina, porque nuestros días son iguales uno tras otro, porque tenemos un horario en el que apuntamos todo, porque mi príncipe, aunque se líe con los días de la semana, de lunes a viernes todos los días cuenta con su rutina.
Hace una semana llegamos a la playa, le prometí que se saltaría el colegio, desgraciadamente no hay nada que le haga más ilusión, con la condición de que tenía que leer todos los días y hacer sus 15 minutos de Smartick (matemáticas on line). No ha habido día que no se haya quejado, que no se haya negado a hacer lo que se comprometió y que no hayamos discutido. Sí, porque no soy perfecta, y llega un momento que la impotencia y la desesperación me hacer gritarle y decir cosas que sé que no sirven para nada, que me alejan de él. Lo sé, cuando pierdo los papeles estoy abriendo una brecha entre nosotros, pero soy humana y además de la infinita paciencia que se necesita para bregar con este tipo de niños tengo mis propios problemas, entre otros, como ya he confesado por aquí, hace año y medio que me lancé de la montaña y estoy a punto de tocar suelo, no sé si con paracaídas o sin él. Así que el sueño no es mi mejor amigo últimamente.
mividaconuntdah_5A las preocupaciones propias de mi situación, tengo que añadir las frases típicas de la gente que no sabe qué es el TDAH: “Ese niño no tiene nada, es así porque no has sabido criarlo”, “no haberte separado, esas son las consecuencias”, “lo que necesita es mano dura”. En fin, frases que se dicen alegremente. No es que no lo entienda. Yo misma he pasado auténtica vergüenza al escuchar a mi hijo insultar porque se le está llevando la contraria o incluso perder los papeles y no ser capaz de controlar el genio. Visto desde fuera está muy claro, malcriado, maleducado y con un grave problema.
Yo me pregunto: ¿Cómo se gestiona esto? Con empatía, tiempo fuera y cuando el volcán se asiente con una charla y un castigo en función de sus actos? ¿O con lo que en el momento te pide el cuerpo, un azote bien dado?
Si aplicas la empatía y la asertividad, en el momento que ese pequeño Mr Hyde te insulta tienes que aguantar el tipo delante del personal y marcar un tiempo fuera mientras tu propio volcán de rabia te quema por dentro y los demás te señalan acusándote de madre consentidora. Si, por otro lado, te dejas llevar por el genio y le das un par de azotes o dos gritos, no consigues nada más que desahogarte y liarla más. Y el personal te continúa mirando con esa cara de  inquisición. Eso no cambia.
Esta semana mi príncipe (que incluso cuando me enfado le llamo así) ha insultado a su tía, a su madre y a unos cuantos amigos de su madre, siempre cuando le llevábamos la contraria, hacía más de un año que ese pequeño monstruo no salía de su cuerpo. Lo peor es que en uno de sus ataques de ira cogió una piedra y rayó la puerta del coche. Yo pensé que habían sido unos gamberros y mientras tito Francis se enfadaba por ello y yo le decía que no pasaba nada, que era tan solo un coche, mi hijo me preguntó: “¿No te has enfadado, mamá?”.
– “Pues no hijo, es una cosa material, no es importante”.
Esa noche no lo pudo aguantar y cuando estábamos con nuestras maravillosas conversaciones se puso a llorar y me dijo:
– ”Mamá tengo que confesarte algo que no puedo callar, he sido yo el que rayó la puerta con una piedra. Estaba muy enfadado y no me controlé”.
Respiré, lo abracé y le dije que estaba orgullosa porque me había dicho la verdad aunque que tenía que pensar qué iba a hacer. Ahora ya lo sé. Vamos a ir al garaje a que nos digan lo que cuesta el arreglo y no hay juguetes hasta que se cubra el gasto. El 14 de julio es su cumpleaños y, con todo el dolor de mi corazón, se va a quedar sin nada. ¡Qué difícil es educar!

El fin de la infancia

Hoy no quiero hablar de mí. Permitidme que me deje llevar. El sábado estuve en la presentación del libro ‘365 propuestas para educar’ de Óscar González. Este profesor de primaria, asesor educativo y director general de la Escuela de Padres Con Talento ha recogido las mejores citas, frases, aforismos y reflexiones sobre la educación en una pequeña y manejable ‘biblia’, cuyos beneficios ha donado integramente a Juegaterapia, donde nos invita a la reflexión en un tiempo en el que vivimos fagocitados por la prisa. Lo queremos todo YA (sí, con mayúsculas) y ese YA afecta por supuesto a nuestros hijos. Todo cuanto antes mejor (lectura, escritura, aprendizaje y no digamos extraescolares para convertirlos en unos virtuosos del piano o lo que encarte). Las primeras palabras de Óscar me llegaron al alma y me hicieron recapacitar. ‘En mis cursos siempre pregunto lo mismo: ¿Qué es para vosotros educar? Para mí la mejor definición es la de Álex Rovira: Educar es sembrar. Sembrar amor, sembrar consciencia, sembrar humanidad para que crezcan buenas personas, buenos ciudadanos y buenos profesionales’. Óscar González fue más allá y añadió: ‘Educar es sembrar y saber esperar’.
Estamos inmersos en lo que yo me he atrevido a bautizar como la Revolución Cibernética. Así como a Revolución Industrial afectó a la economía y cambió por completo la sociedad a mediados del siglo XVIII y principios del XIX, la era de internet es la responsable de otro cambio económico y social. Lo estamos padeciendo en directo y nos ha pillado desprevenidos, sobre todo a los inmigrantes digitales como yo. Todo se ha transformado tan rápido que no nos ha dado tiempo a digerirlo, vamos a matacaballo y así, con las mismas prisas dirigimos y pretendemos diseñar el futuro de nuestros hijos. Nos preguntamos por qué la infancia dura menos, por qué los niños y las niñas alcanza la adolescencia y la preadolescencia a una edad en la que nosotros todavía estábamos dando patadas a un balón, jugando al elástico o saltando a la comba en la calle.
mividaconuntdah_4Los padres y educadores deberíamos parar un instante y recapacitar. ¿Qué parte de culpa es nuestra? Fuera las prisas. Los niños han nacido rodeados de pantallas, miles de cadenas de televisión donde escoger, son nativos digitales y el universo de internet no tiene secretos para ellos. Tienen a su alcance más información de la que sus pequeñas mentes pueden asimilar y registrar.
Entre tanta oferta, niños con la televisiones y consolas en la habitación, lanzo una pregunta al aire ¿Quién se sienta habitualmente a ver la tele con sus hijos? La prohibición no es la solución. ¿Quién es el valiente que se atreve a jugar una partida on line con sus hijos sabiendo que la tiene perdida de antemano? En lugar de eso, preferimos aparcarlos frente a las pantallas mientras les exigimos que se sepan de memoria miles de cosas que no les interesan, porque todo ha cambiado de manera vertiginosa menos la educación. Los niños siguen sentados en pupitres aprendiendo casi de la misma forma que nuestros abuelos. Nos preocupan las notas, les inculcamos la idea de la competencia, les creamos la necesidad de ser los mejores, cuando lo importante es mantener la autoestima y encontrar la verdadera satisfacción en la idea de la superación propia.

Nos preguntamos por qué la infancia es cada vez más corta. ¿No será que la estamos acortando nosotros con nuestras prisas? Para educar hace falta mucha paciencia (de ésta ya hablaremos otro día que yo soy la reina de la pérdida de papeles) y la paciencia no es más que saber esperar, la educación es un proceso muy lento que no da fruto de un día para otro.
Por fortuna soy madre de un príncipe, un príncipe muy especial con unos gustos muy definidos de los que me siento muy orgullosa, pelín friki eso sí, pero desvela su identidad y no se deja llevar por las modas. Tenemos la costumbre de ver la tele juntos, (incluso los dibujos, por lo menos la primera vez), le gustan las series de policías y de bomberos, así que no le puedo dejar solo ante la pequeña pantalla, busco las que pueda entender y que no sean demasiado agresivas (por definición los argumentos de detectives etcétera lo son), probablemente haya quien piense que es una barbaridad, pero a mí me parece mucho más venenoso dejar que los niños se enganchen y se enfrenten solos a los ‘culebrones’ de adolescentes en los que siempre hay un grupo de chicas ‘guays’ que hacen la vida imposible a los empollones mientras se dedican a tirarle los tejos al guapo de clase, que casi siempre es el prototipo de cabeza hueca. Estoy segura de que sabéis de qué hablo. ¿Esos son los valores que  queremos que aprendan? Yo, personalmente, los detesto. Para mí ese es el fin de la infancia, cuando con nueve años en adelante en lugar de jugar se les pasa el recreo hablando del culebrón de turno (no digo nombres por no meterme en un lío).

Confianza ciega

Necesito desahogarme. Si abrí esta ventana cibernética para no sentirme sola y para compartir logros y miedos, hoy me veo obligada a revelar una experiencia personal muy desagradable. Por tercera vez consecutiva vez salgo de la consulta de la pediatra llorando. Maldigo la hora en la que se me ocurrió hacer las cosas bien. ¿Quién me mandaría a mí cambiar de pediatra de la Seguridad Social porque había cambiado mi domicilio? En el nuevo centro me he topado con un ser humano adusto, bastante desagradable y falto de empatía.

Todo por la dichosa medicación del TDAH. Sí, ya sé que es uno de los puntos conflictivos, sé que existen voces que defienden que no es necesario, que aseguran que es el resultado de la presión de los laboratorios farmacéuticos. Todo, lo he leído todo. Aquí, en la soledad de la pantalla, dónde parece que no me escucha nadie, en mi rincón confieso los miedos que tengo, las dudas, las noches de insomnio dándole vueltas a una decisión complicada. Al final, tras años de peregrinaje, búsqueda de segundas opiniones, etcétera, decidí seguir las pautas de su médico de la Clínica Universitaria de Navarra (CUN). Dejé de darle vueltas, de leer prospectos y confié en sus consejos: ‘Esto no es la panacea, un niño con TDAH necesita tres caminos, además de la medicación, es necesario un tratamiento psicopedagógico y la inestimable ayuda de sus padres’.

Lo sé, habrá quien se lleve las manos a la cabeza, quien piense que estoy drogando a mi hijo, pero desde el momento en el que empezó el tratamiento, mi príncipe cambió. No lo digo yo, lo dice su psicóloga, lo corrobora su pedagoga y parece que por fin se ha integrado con sus iguales. Esta es la realidad y he decidido no darle muchas vueltas. Sueño con el día en el que tenga las estrategias suficientes para poder dejar la medicación. Ese día daré palmas con las orejas. Mientras, cuando los fantasmas me atacan intento alejarlos como puedo. Tomé una decisión y punto.

Todo lo que estoy haciendo por él lo hago de manera privada, porque para estos niños no hay ayudas y las que existen tienen tal lista de espera que no nos podemos permitir dejar que el tiempo corra. Es una carrera contra el reloj. A medida que sube de curso las presiones del colegio aumentan y si no mejora sus problemas con la lectoescritura el tapón cada vez se hace más grande. Es lo más parecido a la espiral del silencio de Noelle-Neumann.

Dado el nivel de gastos que tengo YO SOLA y para que la pediatra de la Seguridad Social tuviera los informes decidí pedir una primera cita. Le llevé todos los papeles y después de echarles un vistazo con desdén me dijo: ‘Como comprenderás, a mí estos informes no me sirve para nada, necesito un papel oficial. ¿Quién te dice a ti que el niño no tenga cierto grado de autismo? Además, estas pastillas son las más caras, no te las voy a recetar en la vida, con el Concerta, que son 5 euros, va que ‘chuta’? Te lo voy a derivar al especialista. Hasta entonces no voy a hacer nada’. Esto es literal. Salí de la consulta acojonada (perdón por la expresión, pero la sola idea de que mi hijo pudiera tener cierto grado de autismo me quitó el sueño otras tantas noches). Esto fue el pasado mes de enero.

mividaconuntdah3El 19 de febrero fuimos al especialista de la Seguridad Social, otra vez las mismas pruebas, otra vez a contar la historia cansina de siempre. Confieso que iba aterrada pensado en el espectro de autismo, pero el doctor en su informe corroboró absolutamente todo lo dispuesto en la CUN y añadió ‘Seguir las pautas dadas por su psiquiatra de la CUN, apoyos psicopedagógicos adecuados. Te pongo esto para que su pediatra te haga las recetas y no tengas que volver si hay cambios’. Al día siguiente era mi cumpleaños, fue mi mejor regalo.

Feliz y más tranquila le llevé todos los papeles a la doctora. Cuando los vio, aquello no era mujer. ‘¿Para qué ha puesto lo de la clínica? Es como si le hubieran dado el alta al niño, para las recetas yo necesito un informe oficial cada seis meses, de momento estas cubierta hasta final de curso. El especialista te ha hecho recetas, ¿no?’ Debe ser que si no trabajas en la Seguridad Social no eres médico y lo que diagnosticas no tiene valor. En fin, con todo el rejo navarro que tengo, no fui capaz de sacarlo en la consulta, de allí me fui llorando y pensado que por lo menos en dos meses no tenía que verle la cara.

Las pastillas se agotaron y la semana pasada tuve que ir a pedir la receta, juro que si no costaran 120 euros a esta señora ni la miraba a la cara. Una hora y media estuve esperando en la consulta (los retrasos normales, imagino), cuando entré y le conté que necesitaba la receta, me miró con cara de asco y me dijo: ‘las he roto, usted me llamó la semana pasada, las hice y las dejé en recepción, pero han caducado y las he roto’.

¿En qué universo paralelo he llamado yo a esta señora? Le dije que yo no le había llamado y me miró como si estuviera mintiendo. ¿No será que en el ordenador tenía una alerta de cuando las iba a necesitar? Por más que le juré que yo no había llamado, me tiró con asco las recetas y se despidió. Pues nada, que de nuevo salí llorando.

Supongo que mis miedos y el trato ‘tan especial’ fueron los responsables del disgusto. No podía parar de llorar. ¡Qué impotencia! Ahora, con el paso de los días, sólo siento rabia y ganas de poder denunciar. No sé que hacer, me siento perdida. ¡Con el carácter que tengo!

No se puede jugar con la inseguridad de los padres, el pánico a equivocarte siempre pulula por nuestros pensamientos y cuando decidimos confiar lo hacemos ciegamente. No somos médicos, ni especialistas, sólo somos personas que daríamos la vida por nuestros hijos y que aprendemos día a día de nuestros errores.

El colegio puede ser un infierno para un TDAH

Mi príncipe fue un niño feliz hasta que llegó el momento de tener que pasar ocho horas encerrado en un aula. Nunca vi nada raro en su comportamiento. Cierto es que fue un bebé de costumbres. Como le cambiara la rutina no sé de donde sacaba el genio, pero de aquel cuerpecito menudo salía un enorme monstruo incontrolable. Eso de dormir en la calle nunca fue lo suyo. Por supuesto, ir de compras con él era lo más parecido a una tortura. Se aburría, sin más, y ya se encargaba él de demostrar su tedio. Así que cada vez que veía una familia comiendo en la calle y con un bebé dormido en la silla de paseo me afloraban unos sentimientos extraños, una mezcla de rabia y envidia. ¿Por qué no podía ir yo como el resto del mundo?

Su primer verano lo recuerdo con horror. Acababa de cumplir un año y nos fuimos a la playa con sus primos. Todos los días, y fueron todos, antes de que en el reloj de la iglesia sonaran las ocho campanadas de la tarde mi querido príncipe ya estaba llorando exigiendo su cena y su sueño. Aquel verano, con él dormido, me vi un día tras otro sola en casa, a plena luz y con un calor aplastante maldiciendo mi suerte. Treinta días, treinta interminables días.

Llegó el momento de escoger colegio. Como cualquier padre o madre, me recorrí todos los de la zona buscando el que me convenciera. Al final me decanté por uno que estaba lejos, acababa de empezar, para mí aquello era una gran ventaja, el niño crecería con la escuela, de momento las clases contaban con pocos niños y me convencieron sus teorías. El proyecto estaba basado en las Inteligencias Multiples de Gardner, algo que me parecía más que estupendo.

9 / 9 / 9. Primer día de la nueva vida para mi príncipe. A priori una fecha inolvidable; sí, inolvidable, pero por motivos inesperados. Aquella tarde, los pequeños de tres años salieron con un montón de libros para forrar. ¿Libros? Yo no daba crédito, pero… ¿Las teorías de Gardner no son una educación respetuosa, casi personalizada en la que el niño aprender potenciando sus capacidades? ¿No se trata de trabajar por proyectos? Por más que preguntaba me decían que no me preocupase que estaba todo controlado.

Pues no, no estaba todo pensado. Los niños de 3º de Infantil tenían deberes. Escandalizada me negué a que mi príncipe, a su edad, trabajara los fines de semana en casa. ¡Lo que faltaba, ya! Así vivimos tres años. Con un niño que no podía estar quieto en su silla, un tanto pegón y con reacciones extrañas. Yo veía cosas raras, no sabía decir qué y cada vez que preguntaba a sus tutores le subían las notas. Si, también daban notas a niños tan pequeños. Por supuesto, yo no reconocía a mi hijo en ellas. Tanto ‘Destaca’ en un niño que veía un lápiz y lo tiraba a la basura… Era todo mentira.

¿Por qué cuento esto? Pues porque es cierto que estamos perdiendo el norte, es cierto que la educación tiene que cambiar, es cierto que los niños llegan a la meta por diferentes caminos, es cierto que cada uno tiene su proceso madurativo único y especial. Todo es cierto, pero hay algo más. Algo de lo que los padres somos absolutamente responsables. Quiero que miremos hacia dentro, allí donde pulula nuestro corazón y que hagamos también un poco de autocrítica. Nos pasamos la vida comparándolos. Desde que nacen son un número, peso, talla Apgar… ¿Qué sé yo? Luego vienen los  percentiles, los dientes, los primeros pasos, el chupete, el pañal. Personalmente, odio el parque (ya sé que es una palabra terrible, pero lo odio). Ese tipo de conversaciones en los bancos mientras los niños interactúan en la arena me resulta y me ha resultado siempre insoportable.

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Señor@s, lo gritaré una vez, solamente una vez. Le he dado el pecho a mi hijo hasta que me dijo claramente: ‘mamá ya no quiero más tetita’, le salió el primer diente con un año, empezó a andar pasados los 15 meses, el chupete lo tiró él porque le salieron llagas y le quité el pañal cuando le faltaba un mes para cumplir tres años. ¿Y qué?

Cuando dejan de ser bebés, los padres queremos que nuestros niños lean y escriban, cuanto antes mejor. ‘Mi niño se sabe las letras, el mío lee palabras, pues el mío ya lee frases…’ ¡Estamos en infantil, por lo que más quieran! El juego educa y es lo más importante. Llegados a este punto, en el colegio de mi príncipe, gracias a cierta presión parental y un gran desconocimiento de Gardner se fueron olvidando de las primeras teorías para empezar a formar ‘aspirantes a pitagorines’ (era privado, por supuesto). No, no lo cambié porque era feliz con sus amigos, porque aquel grupo de niños era especial, lo hice cuando fue irremediable y nos costó un disgusto. Todavía se acuerda de ellos con nostalgia, todavía los echa de menos.

Lo que prima hoy en día es un colegio que apriete a los niños desde el principio para poder alimentar esas envenenadas conversaciones de padres. En Finlandia, paradigma de la educación y ejemplo de los resultados en el Informe Pisa, los niños pasan su etapa infantil jugando, cantando y sin presiones. Aprenden a leer con siete años. No tienen deberes. ¡Fíjate! Y son los que mejores resultados obtienen.

En España los padres vamos mirando las listas de los colegios y valoramos la calidad en función de unos parámetros equivocados, cuanto más apriete mejor colegio es. No nos equivoquemos, estamos perdiendo el oremus. ¡Felicidades! Nuestros hijos viven estresados con las clase extraescolares y atragantados con los deberes. Nuestra jornada es de ocho horas aunque a ellos les exigimos que hagan horas extraordinarias. Así, los preadolescentes aterrizan en la ESO hartos, como una olla express y si no bajamos la presión. ¿Qué le pasa a la olla express?

Mi Vida con un TDAH

Llegó el día. Llevo mucho tiempo rumiando esta idea, pero el respeto y el miedo a desnudar el alma me lo impedían. Desde que escuché por primera vez la palabra TDAH, desde que empecé a bucear por el mundo en busca de libros, especialistas y teorías (lo llevo en la sangre, cuando me enfrento a un reto procuro documentarme) me rondaba por la cabeza darle una vuelta y transformar lo aprendido en una historia viva, para mí un blog no es más que eso, la vida compartida. No me atrevía. El respeto a todos aquéllos que juegan con las palabras me ha frenado siempre. ¿Quién soy yo para enarbolar una bandera de escritora?

Así que para empezar, pido perdón a todos a los que les horrorice lo que hago. Ni Cervantes, ni Pulitzer, ni Nobel, ni Goncourt… sólo escribo desde el corazón, con la única intención de compartir mis experiencias y de encontrar compañeros y compañeras de viaje en una guerra que, ya lo he dicho por ahí, se me antoja interminable y maravillosa al mismo tiempo.

Pido perdón también a mi príncipe. Sí, porque soy de la generación que creció entre los cuentos de hadas y princesas de Charles Perrault y las duras historias de Andersen. Crecimos pensando que en algún lugar del mundo había un príncipe para nosotras. Quizá sea verdad. Yo lo tengo, tiene ocho años y con él aprendí el verdadero significado del amor. Cuando eres madre dejas de ser la primera en la lista. Muy cursi, ya lo sé, pero a ver si por ahí fuera alguna piensa lo contrario. Le pido perdón, repito, porque la esencia de este blog no tendría sentido sin él. Me disculpo, porque pretendo compartir nuestras experiencias y no tengo su permiso. En cierto modo me siento una intrusa. Espero que cuando sea capaz de leerlo sepa que todo lo que he hecho es porque es la persona más importante en mi vida.

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Terminamos felices la visita al Monasterio de El Escorial.

Quiero dar visibilidad al TDAH de otra manera. No quiero entrar en peleas, si existe o no. Quiero demostrar que si sabes como funciona su mente les apasiona estudiar. Quiero quejarme porque tengo un hijo especial, empático, imaginativo, creativo, sensible, un maestro de la oratoria (para su edad) que no aprende como los demás. Mi príncipe, a sus ocho años, lee mal y escribe regular, se come vocales, junta palabras, confunde letras, se le caen de la línea…  Dibuja fatal y aún así es capaz de crear unos cómic, unas batallas galácticas que te dejan sin habla, pero ‘no cubre los objetivos’. De manera que lo que está aprendiendo en la clase de Arte es que la imaginación no vale si no eres capaz de dibujar y colorear sin salirte. Y yo me pregunto, de todos esos compañeros que superan objetivos, ¿cuántos de ellos han pisado el Prado? ¿Cuántos saben que ‘La Mona Lisa’ tiene una ‘hermana’ en Madrid y que la diferencia entre una y otra es que la madrileña tiene cejas? ¿Cuántos saben que el niño que juega con el perro en ‘Las Meninas’ se llama Nicolasillo? ¿Cuántos te dirían que les encanta el cuadro ‘Los niños en la playa’ de Sorolla? ¿Cuántos son capaces de pasar una tarde en El Escorial escuchando atentamente la visita guiada? ,¿Dónde se quedó en esos momentos la falta de atención?

El sistema educativo se empeña en tratar a todos los niños como una masa homogénea y no lo son. Cada uno está preparado para llegar a la meta por un camino distinto. Obligarles a ir por la autopista de la mayoría es matar su potencial, es acabar con su creatividad, su felicidad y su interés por aprender.

Así estamos en casa, repitiendo segundo de primaria, luchando por pasar la barrera de la lectoescritura al mismo tiempo que peleamos para que el sistema no pueda castrar la maravillosa imaginación y creatividad que rezuma mi príncipe.