El colegio puede ser un infierno para un TDAH

Mi príncipe fue un niño feliz hasta que llegó el momento de tener que pasar ocho horas encerrado en un aula. Nunca vi nada raro en su comportamiento. Cierto es que fue un bebé de costumbres. Como le cambiara la rutina no sé de donde sacaba el genio, pero de aquel cuerpecito menudo salía un enorme monstruo incontrolable. Eso de dormir en la calle nunca fue lo suyo. Por supuesto, ir de compras con él era lo más parecido a una tortura. Se aburría, sin más, y ya se encargaba él de demostrar su tedio. Así que cada vez que veía una familia comiendo en la calle y con un bebé dormido en la silla de paseo me afloraban unos sentimientos extraños, una mezcla de rabia y envidia. ¿Por qué no podía ir yo como el resto del mundo?

Su primer verano lo recuerdo con horror. Acababa de cumplir un año y nos fuimos a la playa con sus primos. Todos los días, y fueron todos, antes de que en el reloj de la iglesia sonaran las ocho campanadas de la tarde mi querido príncipe ya estaba llorando exigiendo su cena y su sueño. Aquel verano, con él dormido, me vi un día tras otro sola en casa, a plena luz y con un calor aplastante maldiciendo mi suerte. Treinta días, treinta interminables días.

Llegó el momento de escoger colegio. Como cualquier padre o madre, me recorrí todos los de la zona buscando el que me convenciera. Al final me decanté por uno que estaba lejos, acababa de empezar, para mí aquello era una gran ventaja, el niño crecería con la escuela, de momento las clases contaban con pocos niños y me convencieron sus teorías. El proyecto estaba basado en las Inteligencias Multiples de Gardner, algo que me parecía más que estupendo.

9 / 9 / 9. Primer día de la nueva vida para mi príncipe. A priori una fecha inolvidable; sí, inolvidable, pero por motivos inesperados. Aquella tarde, los pequeños de tres años salieron con un montón de libros para forrar. ¿Libros? Yo no daba crédito, pero… ¿Las teorías de Gardner no son una educación respetuosa, casi personalizada en la que el niño aprender potenciando sus capacidades? ¿No se trata de trabajar por proyectos? Por más que preguntaba me decían que no me preocupase que estaba todo controlado.

Pues no, no estaba todo pensado. Los niños de 3º de Infantil tenían deberes. Escandalizada me negué a que mi príncipe, a su edad, trabajara los fines de semana en casa. ¡Lo que faltaba, ya! Así vivimos tres años. Con un niño que no podía estar quieto en su silla, un tanto pegón y con reacciones extrañas. Yo veía cosas raras, no sabía decir qué y cada vez que preguntaba a sus tutores le subían las notas. Si, también daban notas a niños tan pequeños. Por supuesto, yo no reconocía a mi hijo en ellas. Tanto ‘Destaca’ en un niño que veía un lápiz y lo tiraba a la basura… Era todo mentira.

¿Por qué cuento esto? Pues porque es cierto que estamos perdiendo el norte, es cierto que la educación tiene que cambiar, es cierto que los niños llegan a la meta por diferentes caminos, es cierto que cada uno tiene su proceso madurativo único y especial. Todo es cierto, pero hay algo más. Algo de lo que los padres somos absolutamente responsables. Quiero que miremos hacia dentro, allí donde pulula nuestro corazón y que hagamos también un poco de autocrítica. Nos pasamos la vida comparándolos. Desde que nacen son un número, peso, talla Apgar… ¿Qué sé yo? Luego vienen los  percentiles, los dientes, los primeros pasos, el chupete, el pañal. Personalmente, odio el parque (ya sé que es una palabra terrible, pero lo odio). Ese tipo de conversaciones en los bancos mientras los niños interactúan en la arena me resulta y me ha resultado siempre insoportable.

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Señor@s, lo gritaré una vez, solamente una vez. Le he dado el pecho a mi hijo hasta que me dijo claramente: ‘mamá ya no quiero más tetita’, le salió el primer diente con un año, empezó a andar pasados los 15 meses, el chupete lo tiró él porque le salieron llagas y le quité el pañal cuando le faltaba un mes para cumplir tres años. ¿Y qué?

Cuando dejan de ser bebés, los padres queremos que nuestros niños lean y escriban, cuanto antes mejor. ‘Mi niño se sabe las letras, el mío lee palabras, pues el mío ya lee frases…’ ¡Estamos en infantil, por lo que más quieran! El juego educa y es lo más importante. Llegados a este punto, en el colegio de mi príncipe, gracias a cierta presión parental y un gran desconocimiento de Gardner se fueron olvidando de las primeras teorías para empezar a formar ‘aspirantes a pitagorines’ (era privado, por supuesto). No, no lo cambié porque era feliz con sus amigos, porque aquel grupo de niños era especial, lo hice cuando fue irremediable y nos costó un disgusto. Todavía se acuerda de ellos con nostalgia, todavía los echa de menos.

Lo que prima hoy en día es un colegio que apriete a los niños desde el principio para poder alimentar esas envenenadas conversaciones de padres. En Finlandia, paradigma de la educación y ejemplo de los resultados en el Informe Pisa, los niños pasan su etapa infantil jugando, cantando y sin presiones. Aprenden a leer con siete años. No tienen deberes. ¡Fíjate! Y son los que mejores resultados obtienen.

En España los padres vamos mirando las listas de los colegios y valoramos la calidad en función de unos parámetros equivocados, cuanto más apriete mejor colegio es. No nos equivoquemos, estamos perdiendo el oremus. ¡Felicidades! Nuestros hijos viven estresados con las clase extraescolares y atragantados con los deberes. Nuestra jornada es de ocho horas aunque a ellos les exigimos que hagan horas extraordinarias. Así, los preadolescentes aterrizan en la ESO hartos, como una olla express y si no bajamos la presión. ¿Qué le pasa a la olla express?

7 Thoughts.

  1. La excelencia debería medirse por el bienestar, autoestima, confianza, seguridad,autonomía, respeto… Es una pena ver como los niños se convierten en enunciados tan absurdos como:
    Lee las sílabas “la, le, li, lo, lu”

    Un beso Mila

  2. Gracias por la generosidad de tus reflexiones.
    Necesitamos una escuela que escuche las necesidades humanas y creadoras de cada niña y de cada niño; que nos devuelva la oportunidad de defender la imaginación, el juego y la expresión como fuerzas transformadoras.
    La imaginación no es una pérdida de tiempo.
    Nunca agradeceré suficiente la enseñanza de Mari Carmen, una profesora de infantil, la profesora de mi hija pequeña: “Lo importante es disfrutar”.
    Hoy tiene diez años. Y nunca aprendió, creció, experimentó y disfrutó tanto en la escuela como con ella.

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