Maestros, el corazón del sistema educativo

Nunca pensé que la vuelta al cole fuera tan difícil. En estos momentos, soy la parada más ocupada de España. He pasado 15 días entre tutorías y revisiones médicas, me siento como Bill Murray en ‘El día de la marmota’. Al igual Phil Connors, no tengo muy claro el camino que debemos tomar para no sentir ese ‘déjà vu’ año tras año.
Si hago caso a la tutoría que tuve con el equipo pedagógico del colegio, parece que las cosas van por buen camino. Conocen perfectamente que es el TDAH y cómo tratarlo. Es más, se supone que mantienen línea directa con los profesores y tutores de estos niños (mi príncipe no es el único en un colegio con más de 2.000 niños).
mividaconuntdah_15La tan denostada, criticada y atacada LOMCE tiene alguna cosas buenas, por lo menos reconoce y tipifica en un artículo las necesidades especiales de estos alumnos. ¿Qué significa esto? Que a los niños diagnosticados con TDAH les tienen  que hacer, sí o sí, adaptaciones metodológicas. Hasta aquí todo sobre ruedas, por lo menos eso parece a primera vista.
En casa hemos iniciado el curso, utilizando la agenda como medio de comunicación con la tutora. Lo primero, y como dictan los especialistas, he pedido una tutoría. Perdonadme si quizá esté prejuzgando, pero mis primeras impresiones han sido tan frías como los cubos de agua helada del ELA. Lo sé, estoy hablando guiada por mi piel, pero da la casualidad de que no me suelo equivocar.
Los que sois padres y madres de un TDAH me vais a entender a la primera; los que crean que no existe, pensarán que soy una blanda. No obstante, allá va mi percepción.
Cuarto día de clase, ya había tenido la tutoría con la PT de mi príncipe y se suponía que a todos los profesores les habían pasado información de los alumnos. En la mismísima salida de clase, con una marabunta de padres moviendo los cuellos y las manos para que sus hijos les vieran (los niños se entregan en mano), la tutora de mi hijo me hizo una señal para que me acercara. A mí ya me dio un vuelco al corazón, pensé: ‘¿qué habrá hecho este ahora?’. Sin mediar palabra, sin presentarse y sin nada, me suelta: ‘Le he dicho a XXXX tres veces que te diga que quiero hablar contigo. Me pediste una tutoría’.
Mi cara era un poema. En décimas de segundo por mi cabeza pasaron cientos de pensamientos. Sólo fui capaz de balbucear: ‘Claro, normal que no me lo diga. Se le olvida, mejor lo escribes en la agenda’.
La tutora me soltó un discurso que a priori parecía lógico: ‘Mira es que tenemos que estar muy comunicadas, si necesitas hablar conmigo, no importa que me lo digas a la salida, pero tenemos que ir en un mismo equipo. Estoy muy preocupada porque hoy estaba trabajando conmigo, de pronto se ha cruzado de brazos y ha dicho que no hacía nada más. Además no puede tardar dos horas en comer. El comedor es parte de la educación y esto no puede seguir así’.
Mientras la escuchaba, por mi cabeza volaban miles de pensamientos, de los cuales uno se repetía incensantemente: ‘Ni idea, no tiene ni idea’.
Con el tema del comedor la paré en seco, ‘En ese asunto no vamos a ir por el mismo camino, porque mi hijo desayuna a las ocho y media y con la pastilla esa que tengo sobre mi alma, a las doce y media NO TIENE HAMBRE. Ya hablaremos de esto’, le corté con mi rejo navarro. ‘Respeto a su negativa de trabajar, si no me equivoco, estoy segura de que le ha pasado algo’, le dije con mi mejor sonrisa. ‘Nooooo, estaba en mi mesa y ha sido de pronto’, respondió.
-Bueno, déjame que hable con el niño. De momento, me lo cuenta todo. Ya lo investigo.
Me voy a ahorrar la charla para revelar sólo el resultado. Estaban haciendo una ficha de inglés en la  que tenían que escribir cómo se llama su mascota, qué come, etcétera. Nuestro Nikon, un Golden Retrevier dorado con el que ha crecido como si fuera su hermano, se acaba de morir. ‘Mamá, me acordé de Nikon, me dieron ganas de llorar y me sentí mal’. Por más que insistí que eso se lo tenía que haber dicho a la profesora, él se emperraba en que no. Por fin confesó que se lo dijo a una compañera del grupo y ella fue la que se chivó. ‘Eso es pasado y hay que olvidarlo’. La tutora le contestó a la niña con tan mala fortuna que mi príncipe se sintió peor, entró en barrena y decidió ponerse en huelga de brazos caídos.
Lo sé, tiene que aprender a tratar con todo el mundo. Este tipo de reacciones hay que trabajarlas. De hecho le convencí para que hablara con ella al día siguiente y se lo contara, pero todo su miedo era que le repitiera la misma contestación. Estaba realmente dolido. Para él esa frase había sido muy desafortunada.
Confieso que me siento preocupada. Estos niños funcionan por motivación y como la tutora no sea capaz de motivar a mi reancuajo nos auguro un curso complicado. Lo sé, él también tiene que poner de su parte. Lo que me preocupa es cómo enseñarle estrategias para que aprenda a ver que no todo el mundo te tiene que querer. Hay cosas que hay que hacer y punto.
Llevo varios días leyendo artículos sobre la nueva educación y la necesidad de mejorar la relación entre padres y profesores. Estoy totalmente de acuerdo con todas esas teorías. Los padres debemos acercarnos y mantener una relación positiva con el colegio. Hoy por hoy, yo no me siento muy cercana y me lo tienen que notar.
Los maestros (me gusta más llamarlos así) son el corazón del sistema educativo. Para los niños son una referencia, casi sus segundos padres. En mi memoria siempre habrá cuatro o cinco nombres que fueron vitales en los años de colegio. Da la casualidad que todos eran de primaria. Ellos también son responsables. Su labor es muy importante, les dejamos durante ocho horas a nuestros tesoros más preciados y deberían mantener una formación continua. No puede ser que cada vez que arranque el curso estemos esperando a ver si nuestros hijos tienen suerte, les toca un tutor implicado, preparado, con ganas de enseñar y aprender. Sí, aprender. Con los niños también se aprende.

¡Queridos maestros!

Siento el retraso. Me comprometí a subir un post cada martes, lo sé. Esta vez he necesitado más tiempo para hablar con mi príncipe sobre su vuelta al cole. Me he pasado horas sonsacándole para poder escribir a todos y cada uno de sus nuevos profesores una carta en su nombre.
Me consta que en el centro donde estudia tienen la costumbre de traspasar la información sobre los alumnos días antes de que comience la locura que supone la vuelta al cole, la rutina etcétera. Ellos ya me han citado y me han explicado los planes que tienen para este nuevo curso. En principio, suenan bien. Me han pedido los horarios extraescolares para adaptar lo deberes a su situación. La verdad es que me alegro, porque tengo una cosa clara: como se pasen, voy a ser yo la que se declare insumisa de deberes. Mi príncipe tiene derecho a jugar después de pasar ocho horas trabajando. ¿A quien le hace gracia llevarse el trabajo a casa después de una jornada de 8 horas? Bastante es que necesite meter horas extra para superar sus dificultades. Dejo este tema, seguro que trae cola en un futuro y regreso a la idea inicial: escribir en nombre de mi príncipe. Ya sabéis los que me seguís que labia no le falta, es muy capaz de contar lo que siente y lo que espera de este nuevo curso. Escribirlo es cosa mía.

Querid@s maestr@s:
Confieso que el pasado lunes estaba muy nervioso, tenía muchas ganas de ver a mis amigos, sobre todo a David y a Pablo, no sabía si estaban en mi clase o no.  En el coche me dolía la tripa, mi madre me dijo que eran nervios, mariposas en el estómago. Es la primera vez que me sentía así desde que empecé en este nuevo colegio. Ahora tengo amigos, antes no.  A David le debo todo. Cuando repetí y nadie me hablaba, él fue el primero en acercarse, él me quitó la pena. Estaba muy triste porque todos me preguntaban si había repetido y aunque yo decía que no me importaba, sí que me importaba mucho. Hoy estoy muy contento con mis amigos y he tenido suerte, todos los que yo pedí, al final, están en mi nueva clase.
Después un verano muy largo, ahora tengo que conocer a mis nuevos profes, y lo más importante, que vosotros me conozcáis a mí. Aparentemente soy muy abierto y locuaz, aunque en el fondo tengo mucha inseguridad, muchos miedos y necesito sentirme querido antes de abrirme. Necesito confiar en vosotros. No os sorprendáis si de pronto os suelto un abrazo y un te quiero. Siempre digo lo que siento. Soy muy sensible.  Lloro con facilidad cuando las cosas me duelen. Mi mamá dice que si estás triste, llorar es bueno porque con las lágrimas se va todo lo malo.
mividaconuntdah_14Profes os pido paciencia, soy un chico muy listo, pero me cuesta concentrarme.  Soy TDAH, me despisto con cualquier cosa y como tengo una imaginación desbordante puedo estar montando una batalla de naves espaciales mientras explicáis una lección. Necesito ver las cosas, si lo veo en imágenes aprendo mejor, sólo con palabras me pierdo. Para mantener la atención necesito que me seduzcan porque por mi cabeza pasan tantas cosas que salto de una a otra dejándolas todas sin terminar. Eso sí, como algo me interese soy un crack, porque soy muy obsesivo.
No controlo el tiempo, me cuesta organizarme, ya os habrán dicho que tengo problemas con la lectoescritura, cuando copio algo de la pizarra o tengo que escribir me agobio si me meten prisa o me dan poco tiempo. ¿Sabéis lo que me pasa? Que me enfado y el volcán que llevo dentro entra en erupción. No controlo el genio, me porto mal y me niego a trabajar. Soy muy impulsivo, no me paro a pensar en las consecuencias. Yo no quiero hacerlo, estoy aprendiendo a controlar mis reacciones. En realidad, lo que me pasa es que me doy cuenta de que voy más lento, que aprendo de una manera diferente y me siento mal porque me doy cuenta que no soy como los demás. Mamá dice que eso es bueno, que todos somos únicos y especiales. Yo no lo tengo muy claro. Me da vergüenza leer en alto. Lo sé, tengo que ganar a la vergüenza, estoy seguro que con vuestra ayuda lo conseguiré.
Mi asignatura favorita es siempre la del profesor al que más quiero. El año pasado eran Inglés y Educa (Educación Física). Lo de español (lengua) pues eso, que no es lo mío. Mamá confía en que todo cambiará. Yo no le digo nada, pero no me gusta.
Sé que tenéis muchos niños en clase y que convivir conmigo es duro porque nunca sé qué día voy a tener. Unos trabajo mucho y otros, no sé por qué, no hago nada y además no paro quieto. Yo no lo controlo, le he prometido a mamá que lo intentaré, pero ella y yo sabemos que digo las cosas y luego se me olvidan. ¿Sabéis que? Al final me meto a todo el mundo en el bolsillo, mi creatividad, mi capacidad de hablar, mi razonamiento y mi sensibilidad siempre os sorprenden.
Educa (gimnasia) me encanta, pero me disperso en la clase. Si vamos todos por orden de lista, me quedo el tercero por atrás y eso es el descontrol para una cabecita como la mía. La distancia entre el profesor y yo se convierte en un abismo. Por favor, en clase no me sentéis lejos, necesito sentirme controlado. Y ojo cuando voy en la fila, allí atrás no me entero de nada.
Ya sé que somos mayores y tenemos que ser responsables de nuestra agenda y de los libros, pero igual que pierdo las cosas, me pongo los calcetines, el jersey o la camiseta al revés sin darme cuenta, tened paciencia. Os agradeceré que me recordéis que meta la agenda y los libros en la cartera. Una orden cada vez, por favor, si me dais tres, cuando llega la última la primera ya se me ha olvidado. No soy vago, necesito escuchar las órdenes una por una, si es posible, mirándome a los ojos. Mamá eso lo aprendió pronto. Antes me decía, vístete, desayuna y lávate los dientes. Nunca le hacía caso. Al cabo del rato me encontraba en la cama jugando con mis dedos como si fueran marionetas. Ahora, vamos paso a paso y todo funciona mejor.
Os pido comprensión, que me acompañéis en la tarea de aprender y me ayudéis, porque yo quiero aprender, aunque parezca que no. No quiero ser un mimado, sólo que seáis justos con mis características.
“Todos somos genios, pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar a los árboles, vivirá pensando que es un inutil” Albert Einstein

La terrible vuelta al cole

No quiero que empiece el colegio. Los anuncios de la televisión me ponen la carne de gallina, tanto niño feliz saltando por el campo me parecen una estúpida metáfora, como si en clase les dejaran moverse libremente. Me produce urticaria ver las telas de tergal de los uniformes colgadas de las perchas en los centros comerciales y me duelen los pies al pensar que dentro de unos días la libertad de las chanclas será sustituida por los zapatones de colegial. Soy madre y no, no quiero que empiece el colegio.
Nunca me había sentido así. Recuerdo el mes de septiembre como el momento del reencuentro con los amigos, las sorpresas, los cambios de los chicos, el olor a papel nuevo, la ilusión por forrar los libros. Tras aquellos veranos interminables septiembre inexorablemente llegaba y con él la ilusión del nuevo curso.
Hoy he ido a llevar la solicitud de ayuda para el alumnado con necesidad específica de apoyo educativo y, como soy muy blanda, he salido llorando del colegio. Al cruzar el umbral se ha apoderado de mi una tristeza enorme, un mal rollo que al final ha terminado por salir en en forma de lágrimas. ¡Qué le vamos a hacer! Me aterra la idea del nuevo curso.
Mi príncipe ha pasado todo el mes de julio trabajando, sin vacaciones, por la mañana de campamento y por las tardes con su pedagoga o su psicóloga, según el día. Además, las tardes que no tenía nada seguimos con el ritmo de lectura, escritura etcétera. Así que sus vacaciones se han restringido a las de cualquier trabajador español, el mes de agosto.
Los 15 primeros días estuvo con su padre, al que adora, y sé positivamente que no ha hecho nada de nada, salvo estar con él, que ya es mucho.

Decidí que la última quincena de agosto sería para nosotros y como la cosa no está para hacer excesos los hemos pasado en el pueblo de mi madre en Navarra (de ahí mi silencio estás dos semana, allí no me funciona ni el teléfono y es un ejercicio de desintoxicación increíble que recomiendo a todo el mundo). No estamos para pensar en abundancias, pero somos unos privilegiados, tener un pueblo donde volver en vacaciones es un lujo en el siglo XXI.
Estoy segura de que cuando crezca tendrá los mismos recuerdos que yo de aquellos veranos en las montañas: los recados mañaneros a la tienda, el bajar a la huerta a por tomates para comer, los baños en el río, los juegos con los primos sin vigilancia, volver a casa sin reloj, tan solo acompañado por el crepúsculo, las grandes aventuras en el bosque y por qué no, las excursiones y las visitas turísticas con mamá, la Yeya y los amigos.
Espero que todos estos ratos se queden marcados en un rincón de su memoria y desearía que fueran eternos. Es tan feliz que se ha quedado allí hasta el final de las vacaciones. En 24 horas, mi príncipe va a cambiar la libertad por la rutina escolar y el encorsetamiento. No puedo evitarlo, no quiero que empiece el colegio. Después de verle a su aire, como un cachorro, con esa cara de felicidad permanente, no quiero que le amarguen con deberes interminables, presiones de revalidas de tercero de primaria, ni nada que se le parezca. No quiero discutir con él, no quiero discutir con el colegio. Ya lo dice Oscar Gonzalez, que difícil es la relación entre la escuela y los padres. Yo solo quiero que sea buena persona y feliz.

Crueldad intolerable

Llevo 11 días sin mi príncipe. Dada la naturaleza de este blog, pensaba tomarme unas vacaciones, pero si la semana pasada no puede evitar escribir al ministro de Educación para trasmitirle lo que en la calle es un clamor, hoy no se me va de la cabeza ese pequeño de 8 años esposado en una escuela de Kentuky (EEUU) cuyo único pecado fue ser TDAH.
He convivido esta semana con el silencio, rodeada de libros, cursos on line y noticias. Es lo que tiene llevar el veneno de la comunicación en la sangre. Antes devoraba novelas, ahora me dedico a pulular entre las hojas de miles de libros que hablan de TDAH, por los que pelean por la necesidad de un cambio educativo y todos los días atiendo a mi alerta del TDAH de Google.
El 5 de agosto a las 16.04 me llegó el mail de mis pesadillas. Se trataba de un vídeo que mostraba a un pequeño de 8 años esposado y llorando en una escuela de Kentucky (EEUU). Las imágenes causaron tal estupor que terminaron en una querella contra la oficina del alguacil del condado de Kenton.
mividaconuntdah_12Al ver a ese pequeño llorando, con sus escasos 24 kilos y esposado desde desde el antebrazo me acordé de mi príncipe y la capacidad que tiene de sacarme de quicio cuando se deja llevar por su impulsividad o se siente frustrado porque no puede hacer las cosas como los demás. ¿Qué clase de monstruo es capaz de hacer sufrir a un niño de ese modo?
“No puedes intentar golpearme así”, le dice el agente de seguridad Kevin Sumner al niño en el vídeo.
“Puedes hacer lo que te pedimos o sufrir las consecuencias”, le reta  mientras el pequeño se queja del dolor en los brazos.
“Siéntate en la silla como te he dicho”, ordena Sumner. (un adelanto para los que no se atrevan a ver las imágenes)
Ese niño esposado es TDAH, está diagnosticado y se supone que en el colegio son conscientes de sus dificultades.
Mientras veía el vídeo no pude evitar novelar la situación. Es una deformación, cuando camino siempre me invento historias de los transeúntes. En este caso no iba a ser menos, además tengo un máster. Imaginé que le ordenaron que se sentara y que se estuviera quieto en clase. Al no conseguirlo, en lugar de buscar la empatía llegarían los gritos y tras ellos la pelea, la frustración y el ataque de rabia (el pequeño sacaría a su mister Hyde particular y se liaría un tremendo guirigay). Me apuesto la mano derecha que el niño se lió a patadas o a dar mandobles a diestro y siniestro sin pensar en las consecuencias, más que nada porque ya no podía.
Desgraciadamente no se trata de un caso aislado, en cuanto vi el vídeo me acordé del reportaje de mi amigo Pedro Simón ‘Adrián y una clase como Abu Ghraib’ que arrancaba así: “Primero fue amarrado por los tobillos a las patas de la silla con cinta de embalar. Luego el maestro le ató fuertemente por las muñecas al asiento. Después le amordazó con la banda adhesiva. Y, cuando el niño aquel ya era la imagen asustada de una esfinge con los ojos muy abiertos, fue arrastrado hasta el medio del aula, frente al resto de los chicos, como el que es colocado frente a un pelotón de fusilamiento. Para que los otros se rieran de él”. (Cáceres)
Las vejaciones que sufrió el pequeño Adrián le provocaron tal regresión que volvieron los terrores y la enuresis nocturna.
Leer cosas como estas sacan lo peor de mí, me revuelven las tripas, como cuando leo corrientes de especialista que reniegan de la existencia del TDAH.  SI, lo admito, se diagnostica alegremente, pero cuando es de verdad, hasta que no lo asumes, hasta que no lo entiendes y hasta que no aprendes a cambiar tus hábitos y los del pequeño, el día a día puede ser un infierno o un paraíso, que también son almas muy especiales. No todo es negativo.
Lo sé, un niño TDAH necesita una tribu empática, requiere mucha paciencia de aquellos que lo educan y para eso no hay nada mejor que ver el vídeo enlazado o leer el artículo del doctor Edward M. Hallowell titulado “¿Qué se siente al tener TDAH?” (yo prefiero utilizar el verbo ser que tener, gracias a un adulto desatento que me explicó que ser TDAH era como ser rubio o tener los ojos azules). El doctor lo define con esta metáfora:
“Es como conducir bajo la lluvia con limpiaparabrisas viejos. Ves todo borroso, vas a toda velocidad y te desespera no ver bien. O como escuchar una emisora de radio con muchas interferencias y esforzarte para escuchar lo que están diciendo. O como tratar de construir un castillo de naipes en plena tormenta de arena. Hay que construir algo para protegerse del viento antes de pensar siquiera en coger las cartas.
En otro sentido, es como estar todo el tiempo acelerado: se te ocurre una idea e intentas llevarla a cabo; entonces, sin saber por qué, se te ocurre otra idea antes de que hayas terminado la anterior, y te pones a darle vueltas, pero claro, una tercera idea interrumpe a la segunda, y tienes que atenderla, y de pronto la gente está llamándote desorganizado, impulsivo y todo tipo de palabras despectivas, sin tener ni idea de lo que hablan.
Porque estás haciendo todo lo que puedes. Pero ahí están todos esos vectores invisibles tirando de ti hacia aquí y hacia allá y haciéndote muy difícil centrarte en tu tarea. Además, estás liberando energía todo el tiempo. Tamborileas con los dedos, mueves los pies, tarareas una canción, miras aquí y allá, te estiras, haces garabatos… y los demás piensan que no estás prestando atención o que no te interesa lo que te están diciendo; pero todo lo que haces es liberar energía para ser capaz de prestar atención.
Te es más fácil prestar atención cuando estás paseando, escuchando música o en una habitación ruidosa y abarrotada, que cuando estás quieto y rodeado de silencio”.
Mientras no asumamos que esta es la esencia de la cabeza de nuestros hijos y vuestros alumnos (que los niños pasan más de ocho horas en el colegio y los profesores tienen mucho que aprender también) no podremos avanzar. Si a las interferencias respondemos con ataques y no digamos vejaciones como las que saltan a menudo a los medios, estos niños están destinados al fracaso.
Por mi parte, me niego a que así sea y lucharé contra los elementos para conseguir visibilidad, que no sean etiquetados y que al mismo tiempo cuenten con las ayudas necesarias. Espero que el peso de la ley caiga sobre todos estos indeseables.

Excelentísimo señor ministro

Excelentísimo Sr Don Íñigo Méndez de Vigo,
ministro de Educación, Cultura y Deporte:

Me permito la osadía de escribirle esta carta, con el debido respeto, para transmitirle el cansancio, la hartura y la desesperación a la que hemos llegado los padres de los niños del siglo XXI, sobre todo, aquellos como yo que tienen un niño con TDAH, necesidades especiales o altas capacidades.
Acaba de heredar un ministerio incendiado, con infinitos frentes abiertos y que presumiblemente no va a dirigir más de seis meses. Un cambio que, a priori, suena fatal. ¿Qué se puede hacer en tan poco tiempo? Según sus propias palabras “los goles se meten también en tiempo de descuento”. ¡Ojalá usted metiera muchos! Con el corazón en la mano le confesaré que el campo es demasiado grande y va a tener que correr mucho. Hay que estar muy en forma.
A pesar de ser periodista especializada en Cultura me voy a centrar en lo que de verdad me importa: la Educación. Me consta que nada más comenzar su mandato se reunió con los consejeros de las CC.AA. Me consta también que José Iribas, ex consejero de Educación de la Comunidad Foral de Navarra, durante su encuentro hizo hincapié y le recordó que  no se olvidara de los alumnos con TDAH, por primera vez contemplados en una ley básica de educación, y de los alumnos con necesidades educativas especiales (allí cuentan con su propia normativa). ¿Por qué se lo dijo? Pues porque fue él el que con su tesón consiguió un artículo específico para que estos niños tuvieran visibilidad. Hoy por hoy, es lo único que me interesa de la LOMCE.
HASTÍO. Eso es lo que han conseguido los políticos en un país que ha tenido siete leyes de Educación desde 1970, momento en el que entró en vigor Ley General de Educación con Franco y que estuvo vigente durante los primeros años de la Democracia. Desde entonces se han sucedido diferentes leyes (dos con UCD, cuatro con el PSOE hasta llegar a la Ley Wert que es la primera del Partido Popular, ya que en 2002 Aznar promulgó la Ley Orgánica de Calidad de la Educación pero nunca llegó a aplicarse por la llegada a la presidencia del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en 2004)
Como ve, no hay nada peor que un periodista documentándose. Llevo seis años leyendo, investigando, comparando y buceando entre los diferentes cambios educativos que está pidiendo este país a gritos.
Excelentísimo señor, ¿usted cree que es de recibo que tengamos una educación decimonónica en el siglo XXI? La vida ha cambiado, internet y las nuevas tecnologías están revolucionado la sociedad a un velocidad de vértigo. Si le dicen a mi madre que con 75 años iba a hablar con sus nietos por una pantalla como si estuvieran con ella seguro que no nos creería. Usted es mayor que yo, ¿se acuerda de los Supersónicos? ¿Cuantos de aquellos inventos son hoy realidad? Pues nada nosotros respecto a la educación, a lo nuestro, a pesar de los cambios seguimos sentándolos en pupitres, obligando a los niños a memorizar conceptos abstractos y tratándolos a todos por igual, el concepto de equidad no existe. Así nos va.
Dice un proverbio africano que para educar hace falta la tribu entera. En este país la tribu está peleada, cada uno tira de la goma hacia su rincón y el resultado es que cada vez que se publica el informe Pisa somos el hazmerreír de Europa.
Los políticos se tiran las piedras unos a otros: que si la culpa es vuestra, que vosotros lleváis más años gobernando, que si vuestras leyes son un fracaso, el caso es lanzar reproches sin ningún tipo de autocrítica.
Los padres, por nuestra parte, comparando: que si mi hijo lee con cuatro años, siempre presumiendo de la calidad del colegio al que van nuestros retoños, cuanto más les aprietan parece que mejor es el colegio. Más estrés para los niños.
Los profesores con la queja en la boca: que si no se les valora lo suficiente, que si tienen mucho trabajo o que hay muchos niños en clase. Voy a soltar una barbaridad, que como yo la piensa mucha gente: En EGB éramos 40 niños en clase con un Down, los TDAH de la época supongo, sumados a las altas capacidades (en mi casa había dos y no soy yo). Ya he contado por aquí que en mi colegio se valoraba el esfuerzo no las notas. Hoy en día seríamos dos líneas. No digo más.

Excelentísimo señor, usted ha declarado que en este tiempo de prórroga que le han otorgado puede “poner las primeras piedras para un gran pacto educativo”. desde mi humilde opinión, para eso tienen que empezar por dejar la política a un lado, dejar de dar importancia a lo que no lo tiene (que si la religión puntúa o no, que si la Educación para la Ciudadanía es o no válida, que si el catalán, el euskera, el inglés, se me ocurren mil idioteces por las que se están peleando los políticos de diferentes partidos y me entra un agua de levante…)
Que no, que ese no es el camino. Hay que ir a la esencia. El camino es escuchar a los profesionales, si a usted le duele un dedo… ¿a quién escucha al médico o al político de turno?
Señores, a nosotros nos duele la educación y para curarla deberían prestar atención a los especialistas. ¿Por qué no atienden a esas voces que se desgañitan gritando “así no”? Cesar Bona, Óscar González, José Antonio Marina,  se me ocurren muchos. Estoy segura que sabe de quienes hablo.
¿Qué le parece si se preocupan por despertar la curiosidad y las ganas de aprender en los niños? Cuando en este país le hemos otorgado el Príncipe de Asturias a Howard Gardner por su teoría de las Inteligencias Múltiples seguimos dando prioridad a la inteligencia lógico-matemática y a la lingüística. ¿Y el resto? Donde han quedado la  musical, la cinético-corporal, la espacial, la interpersonal, intrapersonal y la relación con la naturaleza. ¡Ah se me olvidaba! La música no es importante!
¿Qué le parece si en lugar de estar preocupados por si los niños superan o no los objetivos, se ocupan de inculcarles las ganas de aprender, les despiertan la curiosidad y les enseñan el camino del saber? ¡Ah, se me olvidaba! Lo importante es hacer un examen de reválida a niños de 7 y 8 años que sólo sirve para provocar competitividad entre los colegios y que los padres miremos las listas de los resultados y nos demos de tortas para que nuestros hijos estudien en los que hayan obtenido mejores notas. Mientras, los niños aprenden de memoria para soltar como loros algo en un examen.
¿Y les parece que el nivel de abandono escolar es muy alto? Pues a mí, con un historial así me parece incluso un éxito que no haya más niños y adolescentes rebotados, hartos y con ganas de tirar todo por la borda.
Si lo llevo al terreno personal, le puedo poner un ejemplo. Mi príncipe es desatento, no escribe bien, es más, ha repetido segundo de primaria (confieso que no está preparado para cursar el tercero de primaria de su LOMCE) y se pierde con facilidad cuando en clase explican las cosas. Ahora bien, cuando algo le interesa es obsesivo, roza la brillantez. Me explico, es un loco de la saga de ‘La guerra de las galaxias’, se sabe el nombre de todos los planetas y le puedo asegurar que son muchos y muy raros. No se le olvidan. Este año estudiaron el Sistema Solar y aquello no le entraba hasta que no vio los planetas colgados del techo y se dio cuenta que eran otra galaxia más con la que poder jugar. Si, los niños aprenden jugando.
Excelentísimo señor, ya llevamos 40 años de Democracia, ¿a qué esperan para hacer un pacto y de una vez por todas conseguir una ley de consenso redactada por los que saben que hay que hacer para despertar en nuestros hijos las ganas de aprender?

Si ha llegado hasta aquí, gracias por su tiempo.
Se despide atentamente

Milagros Martín-Lunas
(Periodista de vocación y Madre)

‘Se nota que es lunes’

Me había prometido no sacar nunca este tema, pero cuando un lunes tras otro vivo la misma película me dan ganas de tirar la toalla. Sí, así de claro. Soy madre soltera a pesar de que mi príncipe tenga un padre. El niño lo adora. ¿Qué digo lo adora? Lo tiene en un pedestal como su gran ídolo, no hay nadie mejor que papá y de eso tengo yo parte de culpa.
Por el mero hecho de ser su padre, no se me ha ocurrido utilizar a mi príncipe como moneda de cambio, cada vez que me ha dicho: ‘Echo de menos a papá’ muy diligentemente he marcado su teléfono para gestionar que el niño se fuera el fin de semana con él. Durante más de tres años (ahora ya no es así y al final de todo entenderéis el porqué) nos hemos saltado las medidas, mi príncipe pasaba los fines de semana con su padre, de lunes a viernes estaba conmigo, incluso, cumpleaños, Navidades y vacaciones las hemos (ejem) disfrutado juntos, a pesar de que cuando estamos los tres yo soy la ‘chacha’ (pido perdón a las empleadas del hogar, pero en este caso soy la chacha y por favor léase con el mismo tono despectivo que lo decía mi abuela la coronela cuando se enfadaba, porque en los momentos finos era la doméstica…).
Todo esto lo he soportado durante tres años por mi príncipe. Me fui de casa con el menor, porque sabía positivamente que no iba a cumplir con sus responsabilidades, me veía absorbida por los gastos de un casoplón que no podía mantener. Si tengo algo claro en esta vida es que no discuto con nada ni con nadie por un ladrillo o por cualquier cosa material. Cogí mis cosas y me largué tras firmar los papeles necesarios, renuncié a la casa aunque continúo pagando deudas comunes. He sido capaz de aguantar durante este tiempo que su ayuda económica sea inexistente, jamás ha aportado un euro para la manutención y las necesidades de su hijo. Para colmo, he creído que tenia una grave enfermedad, le he respetado que no quisiera tratarse, que no se lo dijera a su familia, es más, me ofrecí a cuidarle por respeto a mi hijo (hoy por hoy, la grave enfermedad brilla por su ausencia y he llegado a la conclusión de que el verdadero trastorno se llama chantaje emocional del despechado). Así podría estar enumerando una lista interminable de anécdotas que no me llevarían a ningún sitio. Ha sido mi decisión. Lo preferí por no hacer daño a mi hijo, por no verle sufrir con nuestras peleas, por tener miedo a que viva una regresión por no tener paz… Habrá quien piense que me he equivocado, quien me entienda y quien me regañe (ellos saben quienes son).
¿Una cervecita?Que sepáis que todo esto es absolutamente llevadero si lo comparo con los lunes. Sí, esos días en los que mi príncipe vuelve de pasar un fin de semana sin normas, haciendo lo que le da la gana, esperando a que con nueve años le den de comer, jugando con el IPad y viendo la tele sin control. No me lo invento, no. Igual que sin preguntar me confesó que había rayado la puerta del coche por un ataque de genio, él cuenta todo lo que hace con su padre. Su frase más repetida es: ‘En casa de mamá la Yeya cocina y mamá manda, en casa de papá mando yo’. Nada más que añadir.
Como ejemplo puedo desvelar mi último lunes. Llegó del campamento y me dijo que no comía. Lo sé, estaba esperando que yo diera un grito y sacara los pies del tiesto. No lo hice. Comí con una calma inventada y cuando acabé recogí su comida sin hacer ni un solo comentario. A las cuatro y media, como todos los lunes y miércoles, llegó su pedagoga, esa que me cuesta un dinero que ya casi no tengo, se metieron en la habitación y al cabo de media hora salió con la temida frase: ‘Se nota que es lunes. Lleva media hora cruzado de brazos’.
Pues nada vete a tu casa, ya lo hará cuando quiera, le dije.
Ahí lo dejé, sentado en la mesa con una lectura de un párrafo y multiplicaciones tipo 5×1 y así. Con esa cara, que no puede ser más igual, enfurruñado, cruzado de brazos y esperando que yo la liara parda. Aguanté como pude hasta las seis y media que parece que con la indiferencia reaccionó. No sin antes tirar miles de cosas por el pasillo. Por fin vino suave como un guante, con las multiplicaciones hechas, pero de leer nada. Conmigo no quiere.
Según su psicóloga porque tiene tal dependencia de mí que le genera una reacción amor-odio. Me recomienda que le haga más autónomo. Yo lo intento, pero todo ser humano tiene su límite. Y el mío está a punto de explotar. Si te pasas dos días disfrutando de la soledad de tu casa, leyendo o recuperando las películas que has perdido durante la crianza, si llega el lunes, estás deseando darle todos los besos que no le has regalado en 48 horas y te encuentras con este panorama, ¿qué hacer? Yo me debato entre el lexatin o la cerveza. Casi siempre me decanto por una Alhambra verde fresquita y el régimen vuelve a empezar al día siguiente.
Ayer pasé otra tarde de lunes de terror, viendo como un renacuajo que no llega al metro y medio es capaz de pasar cuatro horas retándome y esperando a que pierda los papeles. Los lunes en el colegio tampoco son mejores. Por otra parte, su profesor de inglés está pendiente de qué sábados va con papá, de manera que si puede viene a casa ese jueves porque el sábado sabe que no va a hacer nada con él. No soy la única que lo sufre, lo sé. No me lo invento. Ayer lloré en soledad, pensé en renunciar, quise tirar la toalla, cambiar los papeles y enviarle con su padre los mismos cuatro años que lleva conmigo. Cuando pienso en las consecuencias me arrepiento. ¿Qué sería de él? Afortunadamente hoy es martes y ese pequeño monstruo se ha ido.

Renglones torcidos

Me siento egoísta. Hace un par de días, mientras observaba en la piscina como coloreaban cuatro niñas que no habían cumplido los cinco años, me sorprendí diciéndome a mi misma: ¿Por qué mi hijo no es así? Tengo verdadera deformación y cuando veo a un renacuajo jugando con lápices de colores y papeles la envidia me corroe. Lo podría ocultar, pero el sentimiento está ahí pululando entre mi razón y mi corazón. El mero hecho de ver cómo disfrutan me corroe por dentro. Yo nunca he visto algo así en casa.
La verdad es que viene de lejos. Cuando mi príncipe empezó en el colegio nunca se acercó con cariño a los lápices, es más, si intentaba ponerme a colorear con él los tiraba al suelo como si en lugar de minas en su interior hubiera demonios. ¡Con qué cara de odio los miraba!
mividaconuntdah_9Al principio resultaba incluso gracioso, pero el paso del tiempo transformó esa falta de salero en una incipiente pesadilla. Ahora que ya tiene nueve años recién cumplidos sé que su psicomotricidad fina es, por lo menos, inmadura y que sus problemas de lectoescritura están relacionados con el TDAH que como empiezan muchas voces a defender debería ser llamado ‘trastorno de deficit de la función ejecutiva’ ya que los síntomas de falta de atención, hiperactividad e impulsividad son la punta del iceberg, debajo subyacen problemas más complicados como la falta de habilidad para gestionar el tiempo, falta de organización y absoluta escasez de regulación emocional. Para mí, el verdadero problema radica en la carencia de autogestión. Ya lo he dicho mil veces, nunca creí que mi príncipe fuera hiperactivo, nervioso sí, pero no más que yo. Despistado, también, pero nada grave. Lo que ahora sé que se llama problema de la función ejecutiva fue lo que me hizo pensar que que algo iba mal.
Podría lamentarme y confesar todas las veces que he querido tirar la toalla, abandonar la batalla, la de veces que he perdido los papeles por su falta de amor propio, las mismas en las que me acecha el cargo de conciencia. Soy humana y por eso no soy perfecta. Aprovechando que las cosas no iban bien en mi periódico y que llevaba un año trabajando en las peores condiciones de mi vida, me cambiaron de sección y en la nueva me recibieron con rabia, desdén y miedo, ya sabéis que decidí irme para, ilusa yo, ayudar a mi príncipe a superar su bache, sin saber entonces que vivir con un TDAH no es correr los 100 lisos y punto. Vivir con un TDAH es una carrera de fondo en la que tienes que saber dosificar bien las fuerzas porque si no lo haces corres el peligro de que te entre una pájara.
Han pasado casi dos años de esto, llevo año y medio entregada a sus necesidades, pero éstas pasan ya porque yo vuelva al mercado laboral. Siento que estoy perdiendo el equilibrio con un MBA de la UNAV / IESE recién sacado del horno que parece que me ha aportado valor, pero más que abrir puertas asusta. En mi caída libre me quedan seis meses para sacar el paracaídas y evitar el crack.
Por la noche los fantasmas del futuro no me dejan dormir y sin embargo cuando amanece me siento una egoísta. Sí, porque hoy, aquí y ahora no tengo derecho a quejarme. Cuando conozco a padres como José que transformó la leucemia lifoblástica aguda de su pequeño de tres años en una fundación que crea proyectos sociales cuyos beneficios son destinados a una beca de investigación contra la leucemia infantil mis cuitas me parecen insulsas. Conocer personas como José me ayuda a pisar tierra firme, a no perder el Oremus y a darme cuenta lo afortunada que soy. Unoentrecienmil nació hace tres años y que crece día a día como la espuma, ya están recaudando fondos para para la tercera beca.
Hablar con un padre a tumba abierta, que te desvele cómo vivió la enfermedad de su hijo, cómo nació unoentrecienmil para reconvertir aquella negra lotería en algo positivo, cómo con su blog fue capaz de trasformar días oscuros y de lágrimas en momentos que merecieran la pena, me hizo salir de aquella oficina con una energía que hacía tiempo no reconocía. Me sentí la persona más egoísta del mundo. ¿Qué son unas pocas letras escritas al revés cuando la vida te da un bofetón como ese y eres capaz de darle la vuelta para que te haga crecer como persona? Tenéis toda mi admiración.

¡Pobre de mí!

Hoy es el cumpleaños de mi príncipe. Parece mentira, han pasado nueve años desde aquella mañana de viernes en la que le vi la cara por primera vez. Siempre he pensado que soy un pelín descerebrada porque, al contrario de las madres primerizas, nunca tuve miedo, nunca pensé en la responsabilidad que me caía encima con su llegada. Recuerdo aquellos primeros meses con felicidad, calma y paz, mucha paz. Cuando oigo a las madres hablar de los primeros días de vida de sus hijos no me reconozco en ellas. Nunca tuve miedo, me guié por los dictados de mi corazón. No lo he dejado llorar en la cuna, ha dormido conmigo y dejó la lactancia cuando a él le pareció oportuno. No encuentro palabras para describir tanta armonía, tanta calma, tanta quietud.
En mi soledad, al rememorar aquellos días, siempre me hago la misma pregunta: ¿Cuándo cambio todo? Los que me siguen ya saben que mi príncipe es un ser especial, sensible, cariñoso y risueño en cuya alma vive un volcán que puede entrar en erupción si las cosas no le salen como él espera. Entonces pierde los papeles. Aunque con terapia y ayuda cada vez ocurre con menos frecuencia, poco a poco va aprendiendo a reconocer los síntomas de la erupción, pero cuando el magma y la lava dicen de salir, aquello es incontrolable.
Hoy es su cumpleaños, con todo el dolor de mi corazón esta mañana no se ha encontrado ningún paquete que abrir (gracias a una de sus explosiones volcánicas tiene que pagar los desperfectos del coche y podría sumar los gastos de arreglo del Ipad al que hace un para de días le dio un puñetazo cuando jugaba al FIFA 2015, si yo sé porque no me gusta el fútbol).
Está pagando su deuda con trabajos comunitarios como tender la lavadora, poner, recoger la mesa y meter la vajilla en el lavaplatos. No puedo evitar sentir cierta tristeza, me veo obligada a luchar con mis sentimientos y volver a escuchar a mi corazón: ‘Tiene que ser así, no sucumbas en la tentación de comprarle la nave de Star Wars que quiere’.
También me pidió que le hiciera galletas (de Star Wars, por supuesto) porque las quería llevar al campamento. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, acepté con la condición de que él tenía que participar en la elaboración. No había contado con esta ola de calor que invade Madrid por tercera semana consecutiva. Quise rajarme, pero al ver su carita de decepción no pude negarme y ayer pasamos la tarde noche (empezamos a las nueve) cocidos por la ola de calor a la que le sumamos el ‘fresquito’ que emana del horno cuando lo enciendes. Verdadero amor de madre.
No sabría como explicar lo que fue, pero me acordé, entre otros, de los panaderos del mundo que viven entre fogones.
Esta mañana mi príncipe se ha ido feliz con su caja de galletas y su traje de San Fermín, mi pequeño madrileño navarrico se ha levantado conmigo para ver los encierros y como todos los días ambos nos hemos lamentado por no estar allí en la semana más grande del mundo, pero la obligación es antes que la devoción y este año no podemos dejar de trabajar la lectoescritura. Sigue siendo su pesadilla y por ende la mía.
Hoy, cuando a las 12 entonemos el ‘Pobre de mí’, le haré una promesa: el año que viene estaremos allí los dos, él con su pañuelo de Caravinagre y yo con el mío ue está que se rompe, porque es el que me regaló hace 25 años una familia que pasó por mi vida y fue muy especial para mí (si ellos lo leen sabrán quienes son).
A pesar de todo, no puedo evitar sentir cierta desazón, supongo que es esta sociedad de consumo que nos lleva a querer comprar cosas que no necesitamos con dinero que casi no tenemos. Como si de un ángel se tratara, esta mañana he leído ‘Propina o flores’, el último post de José Iribas, mi ‘padrino cibernetico’ y todos los malos pensamientos que flotaban por mi cabeza han desaparecido, como él bien dice, los gestos de cariño son importantes… Díselo con obras además de con palabras. Podría añadir, las obras y las palabras no cuestan dinero.

Igualdad versus equidad

Sé que voy a provocar una polémica. Llevo muchos días dándole vueltas a las ventajas y desventajas del uniforme escolar y he llegado a la conclusión de que el uniforme convierte a todos los niños en una masa homogénea, en un todo en el que no se admiten las diferencias. Empiezo a ver las ventajas de dejar a los niños que sean ellos mismos, que escojan, que se manifiesten como lo que son, únicos e irrepetibles.
La culpa de este razonamiento la tiene mi príncipe, del que siempre aprendo algo. El último día de clase, en su colegio tienen la costumbre de hacer una pequeña ceremonia de entrega de notas en el auditorio, algo que a los niños les hace mucha ilusión porque saben que son los protagonistas y, cuando íbamos hacia el colegio, se me ocurrió decirle que era el último día de curso que se ponía el uniforme. Mi príncipe se calló, se quedó pensativo y al rato me pregunto:
-Mami, ¿tú en tu colegio tenías uniforme?
-No mi amor, yo nunca he llevado uniforme, aunque en mi cole, que es el de los primos ahora sí lo tengan.
-¡Vaya morro! Podíais ir todos los días en chándal.
-No, sólo cuando teníamos gimnasia, le contesté sonriendo.
-Teníamos que ir bien vestidos. Mientras conducía, no puede evitar acordarme del día en el que la profesora de matemáticas echó de clase a dos de los macizos por aparecer en pantalón corto y en camiseta de tirantes desvelando al mundo sus incipientes perfectas anatomías. Años más tarde, en uno de esos encuentros de antiguos alumnos, nos confesó que no le resultaba muy cómodo dar clase con semejantes anatomías al aire.
Sé que fui una privilegiada, en plena Transición mi colegio era de lo más avanzado, en el momento no fuimos capaces de darnos cuenta, pero con el óxido del tiempo y el paso de los años cada vez soy más consciente de la suerte que tuve. Pasé mi infancia y adolescencia en un pequeño colegio, era una cooperativa de jóvenes profesores dispuestos a cambiar el mundo y empezaron por implicarse en la educación. Nos enseñaron a pensar, a querer de aprender y a amar las letras (en mi caso). Yo quiero eso para mi príncipe.
Sólo dejaré un ejemplo. El profesor de Historia y Filosofía, llegaba todas las mañanas con una pila de libros y decía siempre lo mismo: la Universidad es un lugar de investigación y tenéis que empezar ya Aquí tenéis los libros (¡que fácil lo tendría ahora con Internet!) y el temario. Podéis empezar a trabajar. El día que le parecía entraba avisando: ‘lápiz y papel’. Así eran sus exámenes, una sorpresa, o lo llevabas todo al día o el penco estaba asegurado.
mividaconuntdah_7bisRecuerdo el colegio como un lugar en el que nos respetaban nuestra individualidad y nuestras aptitudes. Nos trataban con equidad no con igualdad. Aquí está el centro neurálgico de la historia. Yo nunca tuve problemas, en el colegio sabían que yo era muy buena en Lengua y Literatura y me exigían más. Tenía que leer más libros que mis compañeros si quería aspirar al sobresaliente. Por el contrario, en Matemáticas siempre he sido un tollo, estudiaba como una burra, pero un día me perdí y nunca me volví a encontrar, mis aprobados eran muy valorados también. Nunca sentí que nos trataban a todos por igual, no. Nos trataron siempre con equidad, dándonos a cada uno lo nuestro. Nunca escuché esa frase terrible: llega a los objetivos mínimos. Una frase que me martillea en la cabeza desde que mi príncipe inauguró primaria.
igualdad.equidadQueridos maestros y maestras (me encanta esa palabra) no somos iguales, nunca lo seremos y pretender que lo seamos no es ni será nunca justo. Ahora viene la discusión, esta búsqueda de la igualdad es culpa de las leyes que cambian con las legislaturas o es culpa de la formación. No lo sé, pero es una batalla muy cansina. Puedo poner un ejemplo. Como ya he dicho por aquí, mi príncipe repitió segundo porque leía mal y escribía peor (comiéndose vocales, sin separar palabras, en fin…) En la primera semana de clase y nos reunieron a los padres para contarnos los objetivos del curso. Yo me senté en la mesa de mi niño y saqué una libreta del cajón. No tengo palabras para describir lo que sentí al ver semejante desastre. Podría subir una foto, pero por respeto no lo haré. Se trataba de una libreta cuadriculada sin pautas donde mi pobre príncipe había escrito perdiendo la línea, cayéndose hacia el inframundo, con letras mayúsculas y minúsculas mezcladas… Confieso que se me saltaron las lágrimas, de esas veces que sabes que si empiezas a llorar no vas a parar. Aguanté como una jabata y no pude presentarme a la profesora de Lengua, hice mutis por el foro en cuanto acabó el discurso.
Días más tarde pedí una tutoría y le expliqué (algo que pensaba ya le habrían dicho sus compañeros PT) los motivos de la repetición. Le pedí por favor que le cambiara la libreta a una pautada y cual fue mi sorpresa cuando me dijo que se la había puesto para que fuera igual que todos, que como era el nuevo pues no quería hacer diferencias. ¡Ahí queda eso!
¿Cómo se me quedó la cara? Inexplicablemente saqué el rejo navarro y le metí una puya que quizá debiera haber sido más cariñosa.
-Que no es igual que todos, que no escribe bien y con la libreta sin pauta se va a sentir fatal. Mi príncipe es consciente de sus limitaciones y cuando ve que no puede desgraciadamente se cierra en banda y tira la toalla (otra batalla que está trabajado con su psicóloga). Lo del amor propio no está en su lenguaje. Él si no puede hacer algo se coge el canasto de las chufas y se rebota. No hay más, ni menos, porque resulta muy desesperante.
-Déjame que lo intente, de verdad que sé lo que hago, me dijo
Como era de esperar, al mes volvió a la libreta pautada. ¿Qué tiene que ver todo esto con el uniforme? Muy sencillo. He llegado a la conclusión de que el uniforme manda una especie de publicidad subliminal que te lleva inconscientemente a tratar a los niños y niñas como un conglomerado. Todos iguales alejándonos cada vez más de la equidad. Lo sé, evita tonterías como las ‘marquitis’, evita quebraderos de cabeza mañaneros, pero tras colocar los pros y los contras en una balanza, igual que a mí me respetaron mis ritmos de aprendizaje y mi individualidad me gustaría que se la respetaran a nuestros hijos. La polémica está servida.

TDAH y sensibilidad

La primera vez que sentí a mi príncipe estaba en el Teatro Real viendo ‘El elixir de amor’ de Donizetti . En mitad de la función me sorprendió un extraño de cosquilleo que iba de izquierda a derecha de mi barriga al que no presté demasiada atención. Aquella sensación, que recuerdo era lo más parecido a tener un pez dentro aleteando de un lado a otro, se repitió varias veces. No sabía lo que era. No lo supe hasta que se lo comenté al doctor. “Esos son los primeros movimientos del feto”, me dijo. Así que cada vez que suena ‘Una furtiva lágrima’ (si la canta Juan Diego Flórez, mejor), él se abraza y me dice: ‘Mami, nuestra canción, la de la tripita’. No sé nada de música, no sé leer una partitura, lo mío es todo piel, como con los niños. Cuando arrancan los primeros acordes, la música se mete dentro de mi cuerpo y me traslada a un rincón donde siempre soy feliz.

He sido una privilegiada, en mis últimos 12 años como redactora de El Mundo cubrí toda la información del Teatro Real, tuve la oportunidad de conocer gente que de otro modo no se hubieran cruzado en mi vida, hice grandes amigos entre sus paredes y lo más importante, mi desatento príncipe disfrutó (y disfruta porque seguimos yendo a los conciertos pedagógicos) de espectáculos realmente impresionantes y en muchas ocasiones desconocidos.

Gracias a mi trabajo, he tenido la oportunidad de considerar cualquier tipo de representación artística destinada a los niños. Siempre que he podido lo he llevado porque pienso que es la mejor manera de inculcarles el amor al teatro, la música y al arte en general. Los espectáculos infantiles suelen tener una duración determinada estudiada perfectamente para captar a atención de los menores y evitar que se cansen. Mirar las recomendaciones de edad es lo mejor para evitar problemas. Pero, ¿qué pasa cuando tu pequeño es desatento?

Cada niño es un mundo y si he aprendido algo conviviendo con el TDAH es que su atención es selectiva. Son capaces de concentrarse cuando algo les apasiona, llegan a ser tan obsesivos que si les interesa algo investigan todo sobre lo que caiga entre sus manos de ese tema. Mi príncipe es capaz de reconocer todos los planetas del universo Star Wars y al mismo tiempo es incapaz de repetir los que forman parte del Sistema Solar. Una paradoja, lo sé. Es lo que hay y como padres (los educadores también, pero esa es otra batalla) estamos obligados a aceptarlo ya que si no lo hacemos llegamos a un nivel de desencuentro que sólo provoca broncas, gritos y frustraciones. Este tipo de obsesiones les llevan directamente al éxito también.
Seguro que un desequilibrio así en la capacidad de atención tiene su explicación médica, yo no lo soy y lo único que puedo asegurar es que tengo un pequeño excesivamente sensible, al que se me ocurrió llevar a la ópera cuando volvieron a estrenar una nueva versión de ‘El Elixir de amor’. ¡Ojo! Estamos hablando de un espectáculo para adultos que dura más de tres horas. Confieso que lo hice de manera egoísta, pensando en mí. Necesitaba ver la obra con el amor de mi vida. Yo estaba acostumbrada a ver niños en las funciones de ópera y conociendo a mi príncipe jugaba con ventaja, pero un niño de seis años siempre es un niño de seis años, así que nos dejaron ver a la obra desde un palco de producción, esos que están encima del foso y que tienen salida propia por si la cosa se complicaba.

Los niños siempre te sorprenden y el mío no iba a ser menos. No sólo se comportó como el hombrecito que es sino que en cuanto escuchó los primeros acordes de ‘nuestra canción’ me dio un abrazo que solo acabó con las últimas notas del aria (para mí) más maravillosa de la historia de la ópera. Uno de los mejores momentos de mi vida, de esos en los que te gustaría tener la habilidad de parar el tiempo.

¡Mi príncipe estuvo más de tres horas y media sentado en una butaca! Disfrutó y no se quejó en ningún momento. Si, adora la música, aunque la clásica no sea su favorita. Él es más de batería y ‘marcha’ como suele decir.

¿Por qué desvelo esta historia? Muy sencillo, porque con reacciones como éstas tengo que escuchar de la boca de desconocidos o conocidos que ‘el niño no puede ser TDAH’ si es capaz de atender de esa manera a las representaciones musicales o incluso a las visitas culturales que hemos compartido.

Sí, fue capaz de estar dos horas y media atendiendo a la guía del monasterio de El Escorial, pasó una mañana haciendo preguntas sobre Toledo mientras veíamos en grupo sus monumentos, disfrutó la visita a la Alhambra (el palacio árabe, como él le llama), por no hablar del Alcázar de Segovia, el Capricho de Gaudí, los castillos de Olite y Javier o el Museo del Ejército de Toledo.

En fin, cuando cuento las visitas, nuestros momentos, porque son nuestros, siempre hay alguien que abre la boca más de la cuenta, la ignoracia es muy osada, y se atreve a sentenciar que el niño no es desatento si es capaz de disfrutar de todo eso sin perder la compostura.
Yo os aseguro, que cualquier niño está predispuesto a gozar del arte y la belleza siempre y cuando nosotros, los adultos, no nos dediquemos a castrar su sensibilidad. No es más (ni menos) que eso.